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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4343

Al notar que la expresión de Aspen había cambiado, Cauto se apresuró a preguntar:

—¿Qué pasa? ¿Pasó algo malo?

Aspen lo ignoró y le preguntó a Abel: —¿En dónde está?

Abel respondió: —Viene directo hacia nosotros.

Aspen entrecerró los ojos. —Déjenlo entrar.

Abel: —Entendido.

Aspen colgó la llamada y Cauto insistió: —¿Quién viene?

Sin decir una palabra, Aspen le dio una calada a su cigarrillo y le preguntó a Cauto:

—Durante los años que estuviste viviendo en el pueblo de pescadores, ¿alguien fue a buscarte?

Cauto explicó:

—Sí, gente del pueblo, de los pueblos vecinos, e incluso gente del municipio que iba a ofrecerme propuestas de matrimonio. Pero no te vayas a confundir, no anduve de donjuán. Esas muchachas estaban interesadas en mí, pero a mí ninguna me gustó y las rechacé a todas. Si no me crees, pregúntale a mis papás.

Aspen insistió: —Aparte de ellos, ¿alguna otra persona te buscó?

Cauto lo miró con expresión inocente:

—¿Quién más podría haberme buscado?

Aspen: —Personas que desde lejos se ven peligrosas. O gente que, como yo, al verte te hable del virus de 8ª generación, de Víctor o incluso de mí.

Cauto, frunciendo ligeramente el ceño, negó con la cabeza:

—No. Todos los que me buscaron eran de la zona; ningún forastero fue a verme. Y aunque fueran, nunca mencionarían esas cosas. Venían por arreglos matrimoniales o para pedirme que saliera a pescar.

—También algunos venían a pedirme... ayuda para arreglar sus electrodomésticos.

—En ese pequeño pueblo pesquero hay muy pocos jóvenes, la mayoría de los jóvenes se fueron a la ciudad. Más de la mitad del pueblo está conformado por personas de mediana o avanzada edad. Cuando se les descomponía algo, no sabían cómo repararlo y me pedían ayuda a mí.

Que Cauto supiera reparar electrodomésticos era algo que Aspen siempre había sabido.

Desde que se conocieron, Cauto ya era hábil con esas cosas.

Una vez Cauto le contó que entre las personas que lo habían ayudado en el pasado, había un hombre que era dueño de un taller de reparaciones, y con él había aprendido algunos trucos del oficio.

También le contó que ese dueño era muy respetado y famoso en la zona por su habilidad.

Hace más de veinte años, la economía no era como ahora y ni siquiera tener una lavadora era algo común.

Mucho menos encontrar a alguien que supiera repararlas; a veces no había ni un solo técnico en varios pueblos a la redonda.

Cauto también había dicho que él era inteligente y hábil, aprendía rápido y al dueño le caía muy bien.

Incluso, en su momento, el dueño había considerado tomarlo como aprendiz y apoyarlo económicamente a largo plazo.

Pero a Cauto no le gustaba ese oficio, así que lo abandonó.

Después de aprender del dueño del taller por un tiempo, volvió a vagar por las calles.

Todas estas historias fueron relatadas por el propio Cauto; en cuanto a si eran ciertas o falsas, no había manera de comprobarlo.

Aspen preguntó: —¿Y por qué todos te buscaban a ti para que repararas sus cosas?

Cauto respondió: —Porque había pocos jóvenes en el pueblo, yo era de los más jóvenes. El noventa por ciento de la gente del pueblo tiene más de sesenta años.

Aspen continuó: —¿Y por qué sabes reparar electrodomésticos?

Cauto lo pensó por un momento, pero luego negó con la cabeza:

—No lo sé. De hecho es un poco extraño, con solo ver los aparatos sabía qué hacer. Mis papás siempre decían que, antes de perder la memoria, quizás a eso me dedicaba.

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