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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4352

El hombre observó durante un momento al gran pez en el acuario de cristal y le ordenó a un subordinado:

—El pez tiene hambre. Denle algo de comer.

El guardaespaldas asintió de inmediato: —¡Sí, señor!

Poco después, un hombre vestido de traje fue arrastrado por un grupo de guardias hasta quedar frente al cristal.

Por su altura y complexión, se parecía muchísimo a Aspen.

Pero su valentía y aura estaban a años luz de las de Aspen Bello.

El prisionero estaba aterrorizado.

—¡¿Qué quieren de mí?! ¡¿Por qué me secuestraron?!

—Si es dinero lo que buscan, ¡tengo mucho! ¡Solo no me hagan daño y les daré toda mi fortuna!

—Mi empresa, Sistemas Futura, acaba de cotizar en bolsa con una enorme ronda de financiación. ¡Mi patrimonio supera los mil millones! Si me dejan ir, si me perdonan la vida, no me quedaré ni con un centavo; se los entregaré todo.

—¡Se los suplico, déjenme vivir! ¡Por favor...!

Desesperado, el hombre cayó de rodillas junto al joven de rasgos delicados, suplicando y humillándose por completo, intentando comprar una salida.

El joven lo miró fríamente, con los ojos entrecerrados.

Tras un instante, negó con la cabeza.

—Definitivamente, no le llegas ni a los talones a Aspen.

Sin entender de qué estaba hablando, el empresario siguió de rodillas, implorando:

—¡Se lo ruego, déjeme vivir! ¡Por favor...!

El joven lo observó un poco más y de pronto entornó la mirada.

—Yo no puedo salvarte la vida, pero Aspen sí. ¿Qué tal si se lo suplicas a él?

El hombre parpadeó, desconcertado. —¿A-Aspen? ¿Quién es Aspen?

—Aspen Bello —respondió el joven.

El prisionero se quedó petrificado, pero un segundo después preguntó:

—¿El hombre más rico de la ciudad? ¿El Señor Bello?

El joven asintió. —Exacto. El magnate Aspen Bello.

—Pero yo no tengo ninguna relación con él —balbuceó—. Ni siquiera lo conozco, no tengo su contacto.

El joven sonrió con frialdad.

—Tú no lo tienes, pero yo sí. Puedo dártelo para que lo intentes. Esta será tu única oportunidad. Si él me pide que te deje libre, lo haré.

El empresario asintió frenéticamente. —¡Sí, sí, por supuesto!

El joven tomó un segundo celular de la mesa y marcó el número de Abel.

En el hospital.

Abel frunció el ceño al ver la pantalla. —Aspen, parece que es él de nuevo.

—Contesta —ordenó Aspen.

Abel contestó y activó el altavoz. —¿Bueno?

La voz del joven repitió su demanda habitual:

—Quiero hablar con Aspen.

Aspen respondió con tono gélido: —Habla.

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