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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4381

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Ledo lo miró, entornando los ojos.

—Tienes buenos reflejos, te lo concedo. Ya te dije que no planeo lastimarte, pero me forzaste a someterte. ¿Viniste buscando medicinas?

Al ver que no podía zafarse, el chiquillo empezó a golpear el suelo metálico frenéticamente con los pies.

Segundos después, un impacto brutal sacudió el barco, levantándolo casi de costado.

El rugido ensordecedor de una ola gigante azotando el casco se mezcló con los gritos aterrorizados de los matones en la cubierta.

Luego, el eco escalofriante de un cuerpo cayendo al mar.

Y, por último... un alarido desgarrador, el tipo de grito que escapa cuando el terror humano sobrepasa todo límite.

Ledo perdió el equilibrio y rodó hacia el extremo opuesto de la bodega.

Incluso Cano, que seguía oculto en la manga de su ropa, salió despedido por el aire.

Pero Ledo no aflojó su agarre; mantuvo al niño fuertemente abrazado para no soltarlo.

El pequeño, desesperado, gritaba cosas incomprensibles sin parar.

Antes de que Ledo pudiera siquiera preguntar qué estaba pasando, otra embestida brutal los lanzó como muñecos de trapo hacia el otro extremo de la habitación.

El niño pataleaba, envuelto en una crisis de desesperación absoluta.

Ledo soltó:

—¿Eso de ahí afuera es tu mascota?

El niño siguió gritando sin sentido; Ledo no lograba comprender ni una sola palabra.

Sin otra opción, gritó:

—¡Cano, sal a echar un vistazo!

Cano le sacó la lengüita en señal de asentimiento y se escurrió por la rendija debajo de la puerta.

El barco crujía bajo los golpes intermitentes, balanceándose de un lado a otro como si estuviera a punto de desintegrarse.

Un rato después, Cano regresó arrastrándose a toda prisa, asomó la cabeza y sacó la lengua repetidamente.

Ledo pasó de la sorpresa a la absoluta fascinación.

Clavó la mirada en el niño, estudiándolo con una sonrisa de puro asombro, y le dijo:

—Si quieres medicinas, yo tengo aquí. Puedo darte algunas de las mías. Si necesitan más, traigan a alguien que pueda comunicarse conmigo para hablar.

—Y ten mucho cuidado. En este barco no hay ni una sola buena persona.

Ledo sacó el frasco de su bolsillo, sacó tres pastillas y se las ofreció al chiquillo.

—Esta medicina calma el dolor, detiene las hemorragias, previene infecciones y también baja la fiebre. Llévala.

El niño se quedó paralizado, mirando primero las pastillas en la mano de Ledo y luego directo a los ojos del muchacho.

Estaba profundamente confundido.

Afuera, la situación pareció calmarse por un momento. Cano, ansioso, sacaba y metía la lengüita repetidas veces hacia Ledo.

Ledo comprendió el aviso y se dirigió al pequeño:

—Primero dile a tu amigo que se detenga y que no ataque más, o este barco se va a partir por la mitad.

Dicho eso, soltó al niño y dio unos pasos hacia atrás.

Abrió la palma de la mano, ofreciéndole la medicina en un gesto completamente pacífico.

El chiquillo dudó un instante y repasó a Ledo con la mirada, intentando descubrir alguna trampa.

Desde la cubierta, los gritos de pánico estallaron nuevamente.

—¡Ahí viene de nuevo! ¡Va con más fuerza! ¡Si nos da con todo, va a volcar el barco! ¡A cubierto, todos a cubierto!

El niño frunció el ceño y pisoteó el suelo una última vez.

Poco después, alguien gritó afuera:

—¿Qué pasó? ¿Ya se fue?

Aprovechando un momento de distracción de Ledo, el niño arrebató las pastillas de un zarpazo y salió disparado hacia la puerta.

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