—No le vimos el rostro, pero de espaldas era deslumbrante. Y su tamaño era gigantesco, medía fácil dos o tres metros de largo.
—Aunque estemos en mar abierto, ¡esta no es una zona inexplorada! ¿De dónde diablos saldría una sirena? ¡Incluso si esas criaturas existieran, no aparecerían justo aquí para ser descubiertas! ¡¿Acaso ustedes dos bebieron de más y están viendo alucinaciones?!
—¡Estamos en servicio, jefe, no probamos una sola gota! ¡Ambos lo vimos claramente, y además, sentimos el impacto contra el...! ¡Cuidado, ahí viene de nuevo! ¡Ahí viene!
Antes de que pudiera terminar la frase, el gigantesco barco volvió a sacudirse violentamente.
¡Era obvio que algo inmenso los estaba embistiendo desde abajo!
Para lograr sacudir un carguero de ese tonelaje, no podía tratarse de una simple criatura marina común.
El caos estalló en la cubierta, pero, casi al mismo tiempo, un olor peculiar comenzó a filtrarse dentro de la bodega.
Ledo, que había pasado mucho tiempo con Tesoro, tenía experiencia en esto: ¡era gas somnífero!
No hacía falta ser un genio para adivinar a quién querían dormir.
Ledo contuvo la respiración de inmediato, se deshizo de las sogas de sus muñecas, sacó un pequeño frasco del bolsillo y lo acercó a su nariz para inhalar.
Era un antídoto creado por Tesoro, infalible y de efecto rápido.
Guardó el frasco y clavó la vista en un rincón oscuro de la habitación.
Allí, escondido detrás de una pila de chatarra oxidada, seguía agazapado el misterioso niño.
Ledo sabía que el alboroto exterior estaba directamente vinculado con ese pequeño.
Aunque no tenía idea de qué demonios era la criatura que atacaba el barco ni de cómo lograban coordinarse, estaba seguro de que el chiquillo estaba detrás de todo.
Era una maniobra clásica de distracción: el pez gigante desataba el caos afuera para atraer a todos los guardias, mientras el niño aprovechaba para escabullirse.
Instantes atrás, Ledo había sospechado que el intruso era un espía mandado por los altos mandos para vigilarlo.
Pero, viendo cómo se movía, esa teoría no encajaba.
El niño parecía más bien un ladrón. Había venido a robar algo.
¡Un raterillo infiltrándose en un barco criminal para saquearlo! ¡Ja!
¡Qué interesante!
Al notar que los pasillos estaban despejados, Ledo habló en voz baja, con una sonrisa ladeada:
—Puedes salir, ya sé que estás ahí escondido.
Pero el pequeño se negó a abandonar su refugio.
Ledo se puso de pie y se acercó a paso lento.
—Tranquilo, no voy a hacerte daño. No estoy aliado con los criminales de este barco. Así que no te pongas a gritar, porque si atraes la atención de esa gente, el que la va a pasar mal eres tú.
Sintiéndose acorralado, el niño finalmente dio un paso fuera de las sombras, con los puños apretados y una mirada salvaje de pura desconfianza.
Su piel era muy oscura, pero no con los rasgos típicos de la raza negra, y tampoco tenía rasgos europeos.
Parecía que su tono de piel era resultado de vivir constantemente bajo el sol inclemente.
No era alto, por su complexión parecía de unos seis o siete años.
Sus ojos eran enormes y redondos, de un negro profundo y brillante; su cabello era corto, enmarañado y lleno de rizos.
Llevaba ropa hecha con pieles de animales y unos zapatos rudimentarios que parecían hechos de fibras vegetales, todo en él se veía...
Un poco como un aborigen.
Y uno que estaba pasando por tiempos difíciles.
Pero, para ser justos, el chiquillo tenía un rostro extrañamente entrañable.
Cano asomó la cabecita por la manga de Ledo para echar un vistazo. Justo cuando Ledo iba a levantar la mano para acariciarlo, el niño dio varios pasos atrás, empuñando un objeto puntiagudo y poniéndose en postura de combate.
Ledo, fascinado por el arma improvisada, lo examinó por un instante.

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