Por otro lado, la familia Serrano también se beneficiaría de la enorme influencia del Clan Mieres para expandirse en Puerto Dorado, y con suerte, a nivel internacional.
Una vez que lo analizó fríamente, Isabella esbozó una sonrisa sutil.
—Señor Mieres, pasado mañana estoy libre.
Podemos ir a firmar el acta.
Abel asintió con satisfacción.
Llegó la comida. Ambos conversaron de manera amena mientras cenaban.
De repente, Abel hizo una pregunta inesperada.
—¿Ustedes aquí en Belgrano acostumbran casarse y llevar vidas separadas? ¿Él con sus queridas y tú con un jovencito que te mantenga entretenida?
Isabella se quedó de piedra.
—... ¿Eh?
Bueno...
Quería negarlo, pero la realidad era que muchos matrimonios de la alta sociedad operaban exactamente así: cada quien por su lado, sin interferir en la vida del otro, siempre y cuando no hicieran un escándalo público.
Abel miró a Isabella con mucha seriedad.
—Yo no estoy dispuesto a eso. Si me caso, es para llevar una vida de pareja normal y tener hijos.
...
Excelente. Era la primera vez que se veían, y ya habían pasado de la propuesta de matrimonio a planear tener hijos.
—Como sabrá, la prensa en Puerto Dorado es voraz. Si llegara a tener a un amante joven, lo descubrirían de inmediato. Ellos... usan términos muy agresivos, y escriben cosas realmente desagradables —explicó Abel.
Isabella no pudo evitar soltar una risa genuina y asintió.
—Lo entiendo perfectamente. Pierda cuidado, señor Mieres, no me interesan los jovencitos.
—... ¿Prefiere a alguien de otra edad, entonces?
—... No me gustan los amantes. No colecciono mascotas.
—Yo tampoco colecciono pájaros —respondió Abel, aludiendo a las mujeres mantenidas.
Isabella lo observó, divertida. ¿Así que tener amantes para él equivalía a coleccionar pájaros?
Suponía que tenía sentido.
Isabella asintió.
Al mirarlo a los ojos, sintió que acababan de sellar un acuerdo: una alianza comercial, casarse en dos días, llevar un matrimonio normal, tener hijos. Ella no tendría a un jovencito, y él no tendría a una mantenida.
Pensando en eso, Isabella bajó la mirada y sonrió levemente para sí misma.
Sorprendentemente, encontraba a Abel Mieres bastante interesante.
***
Después de cenar, cada uno regresó a su casa.
Isabella entró a su mansión. Eladio y Margarita estaban sentados en el sofá de la sala viendo la televisión. Al verla llegar, le preguntaron de inmediato:
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