Al terminar su turno, Isabella retocó su maquillaje y se dirigió al restaurante acordado. Al llegar, echó un vistazo por el salón y de inmediato vio a Abel Mieres.
Estaba sentado con una postura impecable, mirando su celular con la cabeza levemente inclinada. Su perfil era tan perfecto que el resto de los comensales no dejaba de voltear a mirarlo.
Isabella se acercó a la mesa.
—Señor Mieres —saludó.
Abel levantó la vista, guardó su teléfono y asintió a modo de saludo.
—Señorita Isabella.
Se puso de pie, le retiró la silla para que se sentara y le hizo un gesto de cortesía con la mano.
Isabella notó sus manos; tenía dedos largos y nudillos finos. Eran unas manos muy elegantes.
Realmente era un hombre impecable y sofisticado en todos los aspectos.
Isabella asintió con una ligera sonrisa y tomó asiento.
—Gracias.
Abel también se sentó y le pasó el menú.
—Vea qué le apetece, señorita Isabella.
Isabella escogió un par de platillos y le devolvió el menú. Abel ordenó un par más y se lo entregó al mesero.
Cuando el mesero se retiró, Isabella miró a Abel, sintiéndose un poco incómoda.
Era su primera cita a ciegas.
¿Cuál se suponía que era el protocolo?
No tenía experiencia, pero por lo que había escuchado, la gente solía preguntar por propiedades, autos, negocios y esas cosas.
Sin embargo, Abel ya lo tenía todo, y ella conocía a grandes rasgos su situación. Coleccionaba mansiones y autos de lujo, lideraba la expansión del imperio Mieres en la región y era el segundo heredero del Clan Mieres.
Justo cuando Isabella buscaba la manera de romper el hielo, Abel tomó la palabra.
—¿Estará libre pasado mañana, señorita Isabella? —preguntó.
Isabella se sorprendió.
—¿Disculpe?
—Mi padre consultó a un consejero tradicional y, según nuestras fechas de nacimiento, pasado mañana es el momento perfecto para firmar el acta de matrimonio.
...¿Qué?
Isabella sintió que había escuchado mal.
¿Firmar un acta? ¿Qué acta?

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