Cuando el personal médico se acercó para empujar la silla de ruedas de Bianca, Damián se adelantó de forma natural y tomó los mangos.
Por el rabillo del ojo, Bianca notó cómo él realizaba esa acción como si fuera lo más normal y cotidiano entre un matrimonio.
Sin embargo, ella no le dio la menor importancia.
En el elevador, justo cuando iba a preguntarle por los papeles del divorcio, la pantalla del teléfono de Damián se iluminó.
Como era de esperarse, la llamada era de Melisa.
El nombre en la pantalla había cambiado del antiguo «Meli» a un meloso «Mi amor».
De repente, Bianca sintió una ligera oleada de náuseas.
Apartó la mirada y se guardó las palabras.
El elevador llegó al piso justo cuando él contestaba la llamada.
Esta vez, Damián no siguió empujando la silla. Le pasó el control a Lucas Valdés con una orden clara.
—Lleva a mi esposa a la habitación de mi abuela.
¿Su esposa?
Bianca solo sintió ironía.
Todo ese piso de suites de lujo había sido reservado exclusivamente para doña Estela por la familia Figueroa.
Cuando Bianca volvió a mirar, Damián ya se había metido en otra habitación para hablar tranquilamente con Melisa.
—Vamos —dijo Bianca.
Pero apenas entraron al pasillo, apareció Bárbara Figueroa.
Lanzándole una mirada despectiva a Bianca, se dirigió a Lucas.
—Mi abuelo y mi madre quieren verla. Tienen miedo de que meta la pata más tarde, así que quieren darle un par de advertencias.
Lucas sabía perfectamente qué significaban las instrucciones de Damián.
No soltó la silla, dispuesto a poner a Bárbara en su lugar, pero Bianca lo interrumpió.
—Llévame con ellos.
Ya no le tenía miedo a nada.
Además, era el momento perfecto para aclarar un par de malentendidos.
Como, por ejemplo, el tema del «divorcio».

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