La mirada de Bianca se fijó en aquella caja de talla extra grande.
Era la primera vez que compraba algo así. Dudó un instante antes de tomarla rápidamente y arrojarla sobre el mostrador, mezclándola con el resto de las cosas.
Detrás de ella, escuchó una voz burlona:
—La chica se ve jovencita, pero se nota que disfruta. Ese es de diámetro sesenta y cinco, ¿eh? Muy pocos hombres en este país tienen esa talla. Debes estar muy bien servida. ¿Tu novio es extranjero?
Bianca volteó y vio a una mujer de mediana edad, vestida con ropa costosa y un ligero acento europeo. Parecía haber regresado recientemente al país.
Bianca se quedó sin palabras por un segundo, sintiendo cómo le ardían las mejillas. Respondió con educación:
—Es mi esposo. Y es latino.
—¿En serio? ¡Qué bárbaro! —La señora se animó. Acostumbrada a la soltura del extranjero, estaba dispuesta a seguir la charla, sobre todo porque notó que la ropa de Bianca no era nada barata.
Bianca forzó una sonrisa incómoda y no dijo más. Al alejarse, aún podía sentir la mirada pícara de la mujer siguiéndola.
Al llegar a casa, Bianca planeaba guardar todo en una caja para sacarlo solo si la abuela iba de visita.
Pero, aunque Damián no estaba ahí, parecía tener ojos en la nuca. La llamó por teléfono y le preguntó:
—¿Ya llegaste?
Bianca asintió.
—Sí, ¿qué necesitas?
Su tono era estrictamente profesional.
Bianca sintió que el hombre al otro lado de la línea hizo una pausa antes de continuar:
—Iré a dormir allá más tarde.
Bianca sintió un rechazo instintivo. Damián pareció anticiparlo y le advirtió:
—Hoy no es día laborable. O regresas a Villa Serena, o yo voy a tu departamento. Tú decides.
Ninguna de las dos opciones le gustaba.
Tras un largo silencio, ella respondió:

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