—Hermano… —Orla bajó la voz, sus dedos entrelazados temblaban—, ¿puedes estar conmigo en el ultrasonido?
Alexis no lo dudó ni un segundo. Se inclinó hacia ella y tomó sus manos con firmeza, transmitiéndole esa calma que siempre había sabido darle desde que eran niños.
—Claro que sí. Cuentas conmigo para todo, Orla. Mírame —dijo con intensidad—, incluso si Félix decide darle la espalda a su propio hijo, yo estaré ahí. Yo seré como un padre para él, y tú y mi sobrino serán felices. Te lo prometo.
Los labios de Orla se curvaron en una sonrisa frágil, casi tímida, pero en sus ojos había un destello de alivio. Saber que no estaba sola le devolvía un poco de fuerza.
Caminaron juntos hacia el consultorio. Orla, antes de entrar, sintió la necesidad de girarse. Sus ojos recorrieron el pasillo vacío. No había nadie allí, pero un escalofrío le recorrió la espalda.
Fue como si unas pupilas invisibles se clavaran en su nuca.
Por un instante pensó que alguien la observaba, vigilante, esperando que cayera. Negó con la cabeza, convencida de que era producto de sus nervios. Nunca supo que Fedora estaba allí, oculta, acechando desde las sombras.
La doctora la recibió con cordialidad y le pidió que se recostara en la camilla. Orla obedeció, aunque sus manos temblaban tanto que apenas podía acomodarse. Alexis se colocó a su lado, apretándole la mano para darle seguridad.
La sala se llenó con el zumbido del aparato y el silencio expectante. El corazón de Orla golpeaba fuerte contra su pecho, como si quisiera escapar.
—Aquí está —dijo la doctora, señalando la pantalla—. Es aún muy pequeño, tiene poco más de seis semanas… pero late. Y todo parece ir en orden.
Orla tragó saliva. Apenas podía creerlo.
«Entonces fue esa noche… la pastilla de emergencia no funcionó», pensó con un estremecimiento.
—Pero… tomé una píldora de emergencia, como es que…
La doctora, percibiendo su ansiedad, habló con calma:
—Orla, a veces la píldora de emergencia no hace efecto. Como todo anticonceptivo, su eficacia no es del cien por ciento. No te culpes. Lo importante ahora es que este bebé existe, y crece dentro de ti. Vas a ser madre.
Le entregó vitaminas y la instruyó con firmeza.
—Debes cuidarte mucho, descansar, alimentarte bien. Quiero verte de nuevo en un mes. Y por favor, trata de estar tranquila.
Orla asintió, incapaz de articular palabra.
Al salir, Alexis caminó junto a ella con el ceño fruncido.
—Si quieres, puedo hablar yo con Félix.
—¡No! —interrumpió ella con brusquedad, sus ojos brillando de miedo—. No lo hagas, por favor. Prométeme que no dirás nada… hasta que yo lo haga.
Alexis suspiró, viendo la desesperación en su hermana.
—Está bien. No diré nada. Lo prometo.
***
Cuando Sienna llegó a casa, su mundo interior era un campo de batalla.
La tristeza la perseguía como una sombra oscura, tenía mucho miedo.
Apenas cruzó la puerta, se arrojó a los brazos de su hija.
—Mami, ¿estás bien? —preguntó Melody con un puchero en sus labios rosados.
Sienna besó su mejilla, acarició su frente con ternura.
—Estoy bien, cariño, lo prometo.
Luego, conmovida hasta los huesos, tomó en brazos a la pequeña Nelly, que la miraba con esos ojos cargados de preguntas inocentes.
—Tía… ¿Mi mami es muy mala?
La pregunta la desgarró por dentro. Sienna apretó a la niña contra su pecho, como si quisiera protegerla del mundo entero.
—No, mi amor… tu mamá está enferma. Pero no es de su cuerpo, sino de su mente y de su alma. Por eso no supo cuidarte como merecías. Pero allá donde está, la ayudarán para que no vuelva a hacer daño.
Nelly asintió despacio, como si tratara de comprender algo demasiado grande para ella.
—¿Y yo, tía? ¿No voy a ser malita como ella?
Sienna acarició sus cabellos con suavidad, reprimiendo el llanto.
—Claro que no, mi vida. Tú tienes un corazón hermoso. No eres mala, jamás lo serás.
Los ojitos de Nelly brillaron con determinación.

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