Félix la condujo lentamente hasta la habitación, cada paso cargado de deseo y tensión.
Su corazón latía con fuerza, un tambor que parecía resonar en todo su cuerpo, haciéndole sentir viva y al mismo tiempo vulnerable.
Las paredes parecían encogerse a su alrededor, concentrando cada mirada, cada suspiro, cada movimiento en ellos dos. La miró con intensidad, y en ese instante, los segundos parecían eternos.
Cayeron juntos sobre la cama, el roce de su piel provocando chispas que incendiaban su pecho.
Sin decir una palabra, él comenzó a despojarla de la ropa con manos ardientes, recorriendo cada centímetro de su piel con una mezcla de pasión y ternura que la dejó sin aliento.
Ella quiso hablar, quiso confesarle que esperaban un hijo, que había un nuevo latido de vida que los unía más allá de ellos mismos, pero no pudo.
Cada beso que le robaba la dejaba muda, atrapada en la intensidad de aquel instante.
Sintió cómo sus manos exploraban su cuerpo con una mezcla de hambre y cuidado, como si temiera romperla con demasiada fuerza.
Pronto, Félix también quedó desnudo, y sus cuerpos se entrelazaron con un ritmo natural, uniendo sus respiraciones, sus emociones, sus almas.
Hicieron el amor con una entrega absoluta, sin necesidad de afrodisíacos ni de venganza, porque esta vez había algo más profundo que los unía: amor, deseo y una conexión que iba más allá de la carne.
Se besaron con una pasión que parecía consumirlos, pero también los protegía.
Al terminar, él la abrazó suavemente contra su pecho, dedicándole besos dulces y tiernos que contrastaban con la intensidad de su encuentro. Su respiración se calmó poco a poco, pero sus corazones aún latían al unísono, recordándoles que esa noche no solo habían compartido cuerpo, sino también almas.
Al día siguiente, Orla despertó lentamente y vio a Félix durmiendo plácidamente a su lado.
Una sonrisa se dibujó en sus labios. Tocó su vientre suavemente, con una ternura que le partía el corazón de felicidad.
«Hijito, papá te amará tanto como yo», pensó, su corazón lleno de alivio y amor. Por fin sentía que todo estaba en su lugar, que la vida les ofrecía un respiro, un instante de calma en medio del caos.
***
Sienna, por su parte, sentía una mezcla de nervios y responsabilidad.
Sabía que debía enfrentar lo que venía, que debía decir la verdad sobre su operación, y sobre todo, hablar con Alexis. Tomó su teléfono con manos temblorosas y marcó su número.
—Sienna… hola —su voz sonó tan dulce y familiar que le provocó un nudo en la garganta.
—Alexis, ¿podemos vernos hoy para la cita? —preguntó, tratando de mantener la calma.
Él no podía ocultar la sonrisa que se formó en sus labios al escucharla.
—¡Claro que sí! Me encantaría, es lo que más anhelo.
—Bien, te enviaré un mensaje para decirte donde te veré.
Sienna colgó sin decir nada más, sintiendo que su corazón latía desbocado, lleno de emociones encontradas.
Luego se dirigió a la habitación de su padre, buscando en él una guía y un apoyo que necesitaba.
—Padre, voy a verme con Alexis —dijo con firmeza, aunque su voz traicionaba su nerviosismo.
Eugenio la miró largo y tendido, como si intentara leer cada pensamiento en su mente.
—¿Lo perdonarás, hija? —preguntó con suavidad.
Sienna bajó la mirada, sintiendo el peso de la traición y del amor mezclados en su pecho.
—No sé… duele lo que me hizo, pero reconozco que ambos fuimos víctimas de una trampa.
Eugenio la abrazó con fuerza.
—Lo sé, cariño. Creo que Alexis te ama, lo he visto en sus ojos, pero sé que duele la traición. Habla con él, deja que tus palabras sanen el alma, porque incluso el corazón más roto puede volver a latir con fuerza.
Sienna sonrió, débilmente, conmovida por la paciencia y la comprensión de su padre.
Luego fue a ver a su hija, Melody, que jugaba tranquila, aunque al notar la presencia de su madre levantó la cabeza con ojos brillantes.
—Mami, ¿cuándo vamos a estar todos juntos con papito? —preguntó con inocencia.

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