Alexis sostuvo con ternura la pequeña mano de Melody y la condujo hacia la cama donde su madre descansaba.
El hospital estaba en silencio, interrumpido solo por el pitido constante de las máquinas y el paso apresurado de médicos y enfermeras en el pasillo.
La niña caminaba con pasos cortos, sus ojos grandes y asustados brillaban con una inocencia que desgarraba el corazón.
—Mami —dijo con voz temblorosa, acercándose al borde de la cama—, no te vas a ir al cielo, ¿verdad?
Sienna sintió un nudo en la garganta, el miedo le oprimía el pecho, pero no podía dejar que su hija viera ese temor.
Sonrió suavemente, aunque por dentro se rompía en mil pedazos.
—Claro que no, mi amor —respondió acariciando su rostro—. Mamá es fuerte. Solo van a operarme la cabecita, nada más.
Melody ladeó la cabeza con gesto pensativo.
—Papi dijo que tienes algo malito en la cabeza, y que te lo van a quitar… y que vas a estar bien, ¿sí? —su vocecita se quebró, y enseguida añadió con inocente ternura—: Sana, sana, colita de rana.
Al decirlo, colocó sus manitas sobre la frente de su madre y la acarició con tanto amor que Sienna tuvo que apretar los labios para no llorar.
El corazón le palpitaba con fuerza, pero en ese instante, al sentir a su hija tan cerca, supo que debía resistir. La abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo el rostro en su cabello suave, aspirando el aroma infantil que le devolvía la vida.
—Voy a estar bien, mi amor. Te lo prometo. Mamá volverá a casa.
Melody asintió con ilusión, aunque en sus ojitos todavía quedaba un rastro de miedo.
—¿Y… volveremos a la casa con papi, mami?
Sienna miró de reojo a Alexis, como buscando en él una respuesta, pero fue él quien se adelantó, con voz grave y arrepentida.
—Papi cometió un error, pequeña. Un error muy grande. Pero mamá está luchando por perdonarme.
Sienna le sostuvo la mirada por un instante, y en sus ojos había una mezcla de amor y dolor. Se inclinó hacia su hija y susurró:
—Y mamá ha perdonado a papi… porque lo ama. Por eso, pronto volveremos a casa, los tres.
El rostro de Melody se iluminó como el sol después de una tormenta.
—¡Sipí! —exclamó saltando con alegría—. Vamos a volver a casa, como antes, juntitos y felices.
Sienna sonrió, contagiada por la inocencia de su hija. Por un momento, el hospital desapareció, y en su imaginación ya los veía en el hogar que tanto anhelaban recuperar.
El médico entró en ese instante, interrumpiendo la escena. Alexis cargó a Melody en brazos, y la niña apoyó la cabeza en su hombro mientras miraba a su madre con ternura. Sienna fue revisada con detalle; necesitaba descansar antes de la operación.
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Al día siguiente, cuando abrió los ojos, Sienna vio a Alexis dormido junto a ella. Su cabeza descansaba sobre la cama, como si hubiera luchado toda la noche contra el sueño para no dejarla sola.
El corazón de ella se llenó de una dulzura infinita.
Lentamente, levantó la mano y acarició su rostro, sus dedos, recorriendo cada línea de aquel hombre al que había amado siempre, incluso en sus errores.
Él se despertó, y al verla sonrió con ternura.
—¿Cómo estás, mi amor?
Sienna asintió con suavidad.
—Bien —mintió, porque en el fondo el miedo aún la consumía.
No tuvieron más tiempo.
La doctora llegó con un expediente en la mano, la operación iba a comenzar.
Alexis fue conducido a otra sala para firmar los consentimientos.
El papel estaba lleno de términos médicos y riesgos. Sus manos temblaban al sostener la pluma. El doctor le explicó con calma las complicaciones: secuelas, pérdida de memoria, problemas de visión. Alexis sintió que el mundo se le desplomaba.

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