Sienna logró que Gustavo se alejara, aunque su respiración seguía temblorosa y el corazón golpeaba en su pecho como un tambor de guerra.
La habitación del hospital parecía más estrecho, como si las paredes se cerraran sobre ella, atrapándola en un recuerdo de miedos y heridas viejas.
Y entonces, al ver a Alexis entrar por la puerta, un estremecimiento recorrió todo su cuerpo. Su primera reacción no fue alivio, sino miedo.
¿Acaso él pensaría de nuevo lo peor de ella? ¿Acaso dudaba todavía, como lo había hecho antes, cuando más lo necesitaba?
Esa sombra, ese temor a que la abandonara de nuevo, la desarmaba más que cualquier enfermedad.
Alexis clavó su mirada en Gustavo, firme, con una mezcla de rabia y determinación. La voz de Alexis retumbó en la habitación como un golpe seco:
—Sienna no siente nada por ti. Ya lo ha dejado claro, Gustavo. ¿De qué otra manera quieres que te lo demuestre?
El ambiente se cargó de tensión, como si el aire se espesara.
Sienna sintió la sangre huirle del rostro cuando Gustavo, con el pecho inflado y los ojos encendidos, se puso de pie frente a Alexis en posición de pelea. Su corazón casi se detuvo.
—¡Por favor, no peleen! —suplicó con un hilo de voz, temiendo que la violencia estallara justo allí, en el lugar donde ella debía sanar.
La puerta se abrió de golpe. Una enfermera, con gesto severo, irrumpió.
—¡Señores! Salgan de aquí ahora mismo. Si tienen problemas, arréglenlos fuera de este hospital. No es el lugar, ni el momento. Déjenla descansar.
Alexis respiró hondo, controlando su ira. Giró hacia Sienna, y con un gesto que desarmaba toda su furia, le tomó la mano y la besó con ternura.
—Volveré, mi amor. Te amo.
Sienna cerró los ojos apenas un instante, queriendo aferrarse a esas palabras como a un salvavidas en medio de un océano tormentoso. Alexis salió, y tras él, con pasos cargados de rabia, Gustavo lo siguió.
***
En el pasillo, Gustavo lo alcanzó. Su voz fue un rugido desgarrado:
—¡Tú no la amas! ¡Tú la abandonaste, la dudaste en su peor momento, cuando más te necesitaba, la dejaste sola!
Alexis se detuvo. Sus hombros se tensaron, la culpa lo atravesó como una lanza. Sus ojos se endurecieron, pero no mintió.
—Es cierto —admitió con la voz quebrada—. Dudé de ella, y la dejé en su peor momento. Es el arrepentimiento más grande de mi vida, y lo será siempre. Pero eso no borra lo que siento. La amo, Gustavo. La amo con todo lo que soy, con lo que tengo, con lo que me queda. Y no la voy a perder. Ella no te ama a ti, entiéndelo. Déjanos vivir en paz.

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