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Suplicando tu perdón romance Capítulo 110

Gustavo se acercó despacio a la cama, sus pasos resonaban en la habitación silenciosa del hospital.

Su rostro estaba pálido, y aunque intentaba mostrar seguridad, sus ojos lo delataban: había miedo, un miedo profundo de perder el control de aquella situación.

—Sienna… —dijo en voz baja, casi un susurro—. No leas esa carta, dámela, cariño. La romperé por ti, no necesitas verla.

Alargó la mano con cautela, como si se tratara de un objeto peligroso, pero Sienna, con un movimiento rápido, apartó la carta contra su pecho.

—Quiero estar sola, Gustavo —su voz tembló, aunque sonaba firme—. Por favor, déjame.

El hombre se quedó inmóvil, sorprendido.

Su rostro se crispó un instante, como si no esperara esa reacción.

—Sienna… por favor… —insistió, suplicante, buscando con la mirada alguna rendija en su voluntad.

Ella lo interrumpió, con una frialdad inesperada:

—He dicho que quiero estar sola.

En ese momento, la puerta se abrió y la enfermera entró con una bandeja.

Sus ojos se fijaron en Gustavo, y la expresión de su rostro se endureció. No dijo nada, pero aquella mirada bastó para hacerlo retroceder unos pasos.

—Estaré afuera, mi amor —se apresuró a decir él, inclinándose para que su voz sonara solo para ella—. No lo olvides, pronto seremos marido y mujer.

Sienna no respondió. Ni siquiera lo miró.

Sus ojos seguían fijos en el sobre que sostenía entre sus manos. Gustavo, dolido y con una rabia contenida, salió de la habitación, dejando tras de sí un silencio espeso.

El corazón de Sienna latía con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho. Sus dedos temblaban mientras sostenían aquella carta. Podía sentir el peso de las palabras aun sin haberlas leído.

¿Qué tan peligroso podía ser un simple papel? ¿Por qué Gustavo estaba tan desesperado en arrebatárselo?

Respiró hondo.

Una parte de ella quería arrojarla a la basura y olvidar que existía, pero otra, más fuerte, más visceral, necesitaba abrirla.

Al fin, con un gesto decidido, rompió el sello. El crujido del papel pareció resonar como un trueno en la habitación.

La carta estaba escrita a mano, con una caligrafía impecable, elegante, casi artística. Esa letra transmitía calma, dedicación, y al verla, un escalofrío recorrió su espalda. Comenzó a leer.

“Sienna:

Te amo.

Es cierto, fallé, te fallé de la peor manera.

Cuando vi ese video, mi sangre hirvió. Creí que había sido traicionado, y mi mundo se derrumbó.

Pero debes saber que ese dolor no nació de ti, sino de mí. Cuando era niño, vi a mi padre ser infiel a mi madre, y luego abandonarnos. Ese recuerdo me persigue, me hizo crecer con el miedo constante de que la persona que amaba me rechazara, me dejara atrás. No fue justo, lo sé, pero en mi mente siempre vivió esa herida.

No fue tu culpa. Fue la mía.

Lo arruiné, y aun así, no quiero perderte.

Porque te amo. Porque sigues viva en cada rincón de mi alma y de mi piel. Porque solo soy tuyo.

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