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Suplicando tu perdón romance Capítulo 111

Los días habían pasado lentamente desde la operación, cargados de incertidumbre y desvelo, hasta que por fin llegó el momento en que Sienna pudo abandonar el hospital.

El médico la revisó con detalle antes de autorizar su salida.

—Está estable, pero no debe forzarse. Necesita controles constantes, reposo y evitar cualquier tensión innecesaria —indicó con voz firme.

Eugenio, protector como nunca, escuchaba cada palabra con la atención de un padre que temía volver a perder a su hija.

Aunque Sienna ya podía caminar, él insistió en llevarla en silla de ruedas. No quería que se cansara ni un segundo.

El trayecto hasta la mansión fue silencioso, pero cargado de expectativas. Sienna contemplaba desde la ventana cómo la vida afuera seguía su curso, mientras ella intentaba recomponer la suya.

Su mente era un laberinto de sombras y recuerdos rotos.

Al llegar, el aire se llenó de un grito infantil, tan puro y lleno de amor, que desgarró su corazón.

—¡Mami, mami, llegaste! —exclamó Melody, vestida con un pequeño vestido floreado, con un dibujo arrugado en las manos.

Sienna abrió los ojos enormes.

No recordaba a su hija, pero al verla sintió un amor tan profundo que la sorprendió. Era preciosa, radiante, con la inocencia pintada en cada gesto.

La niña corrió a sus brazos, pero Alexis, con voz suave, la contuvo.

—Mami está un poco cansada, cariño. Abrázala despacito.

Sienna levantó la mirada hacia aquel hombre. Su corazón latió fuerte, aunque no dijo nada.

Finalmente, tomó a su hija en brazos, la sentó en su regazo y la llenó de mimos. La acariciaba como si hubiera encontrado un tesoro olvidado.

—Mi amor… mi hija —susurró con lágrimas contenidas.

Melody rio y apoyó su cabecita en el pecho de su madre. Sus rizos dorados brillaban bajo la luz, sus ojos azules reflejaban la herencia compartida de ambos padres.

Era imposible no notar el parecido.

Fue entonces cuando Gustavo, de pie en la sala, lanzó sus palabras como dagas:

—Melody, mamá y yo nos casaremos. Seré tu nuevo papito.

El ambiente se congeló en un instante. La alegría infantil se quebró.

Melody, horrorizada, casi saltó de los brazos de su madre. Su rostro se transformó de felicidad en llanto.

—¡No, no, no! Yo ya tengo papito. Yo quiero a mi papito —gritó, abrazándose desesperadamente a las piernas de Alexis—. Mami, no… no quiero otro papito. Solo mi papito. Otra vez no, no quiero que estén enojados. ¡Papi, no!

Las lágrimas inundaban sus ojos, y su vocecita quebrada desgarraba a todos.

Alexis se inclinó, temblando, y la tomó en sus brazos. En ese momento comprendió que el daño no solo había alcanzado a Sienna, sino también a su pequeña hija.

—Tranquila, amor… —susurró, acariciándole el cabello—. Mami aún debe recuperarse. Pero yo siempre seré tu único papito. Y te amaré siempre, igual que mamá.

Melody, con el rostro empapado, se aferró a él con todas sus fuerzas, temiendo que si lo soltaba desaparecería.

Alexis cerró los ojos. El dolor lo atravesaba, pero también la determinación.

—Por favor, Sienna —dijo con voz baja, mirándola—. No hagamos más daño a nuestra hija. Ya le hice suficiente. No convirtamos esto en otra herida.

Sienna lo miró sorprendida. Había en él una madurez que no esperaba, una sinceridad que la desarmaba.

Giró la cabeza hacia Gustavo, que los observaba con rabia contenida.

—Debes irte, Gustavo —dijo ella con firmeza.

—¡Sienna! —protestó, incapaz de aceptar la derrota.

—Por favor… —insistió ella, con voz temblorosa—. Estás alterando a mi hija.

Gustavo, furioso, apretó los dientes y salió de la sala, golpeando la puerta tras de sí.

***

Horas más tarde, Sienna fue llevada a su alcoba.

Sus fuerzas aún no eran suficientes, y el simple hecho de subir las escaleras la agotó.

Alexis, que la acompañaba, la observó luchar por llegar a la cama.

Antes de que se derrumbara, él la tomó entre sus brazos. Sus manos firmes la sostuvieron con una ternura inesperada. Ella, al sentir aquel contacto, se estremeció.

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