Félix estaba sentado en la sala de espera del hospital, con la mirada perdida en el suelo, cuando el sonido apresurado de unas ruedas sobre el piso llamó su atención.
Una camilla apareció de pronto, escoltada por enfermeros y médicos que corrían con urgencia.
Apenas alcanzó a ver una silueta cubierta por sábanas blancas, desvanecida, sin fuerzas. Su corazón se aceleró, pero no logró reconocer de quién se trataba.
Los médicos no se detuvieron. La llevaron directo a la sala de urgencias, y entonces, una voz retumbó en el pasillo:
—¡Está embarazada, sufre un aborto!
Las palabras fueron como un balde de agua helada.
Félix sintió un escalofrío recorrerle la espalda, el estómago se le encogió.
Una sensación de angustia lo invadió, como si presintiera que esa mujer no era una extraña.
No sabía, no podía imaginar que aquella paciente en la camilla, luchando entre la vida y la muerte, era nada menos que Orla Dalton, su esposa.
***
El tiempo transcurrió lento, cada minuto convertido en un tormento interminable.
La sala de espera estaba cargada de silencio, interrumpido apenas por el eco lejano de los pasos de las enfermeras y el murmullo de las máquinas de monitoreo que se filtraba desde los pasillos.
De pronto, la puerta se abrió y un médico salió con expresión grave.
—¿Familiares de Fedora Martínez? —preguntó, revisando una carpeta.
Félix se levantó de golpe, como si hubiera estado esperando esas palabras desde hacía horas.
—Soy el padre del bebé… ¿Cómo está? —preguntó, con la voz impregnada de ansiedad.
El doctor suspiró, bajando la mirada antes de hablar.
—Lamentablemente, perdió el embarazo.
La frase cayó como un mazazo en el corazón de Félix. Sus rodillas temblaron, un vacío insoportable se abrió en su pecho.
Bajó la cabeza, y sus ojos, que antes brillaban de inquietud, se llenaron de tristeza.
Se llevó una mano al rostro, intentando ocultar la tristeza que lo invadía.
—¿Qué…? ¿Y ella? ¿Cómo está Fedora? —preguntó al fin, con un hilo de voz.
El doctor hojeó sus papeles.
—Ahora está dormida. Está débil… pero estable. Sin embargo, durante el procedimiento de legrado hemos encontrado algo que no esperábamos. Haremos una biopsia para estar seguros. Hasta entonces, deberá permanecer internada en el hospital.
Félix asintió lentamente, como si cada palabra del médico fuera una piedra más sobre sus hombros.
—Está bien —respondió apenas audible.
El doctor le dio una palmada breve en el hombro, intentando transmitir un consuelo que no alcanzaba a sanar la herida, y se retiró con paso firme por el pasillo.
Félix se dejó caer de nuevo en la silla.
Su mente era un torbellino.
La noticia del aborto lo había destrozado, aunque su corazón no estaba del todo con Fedora.
Había un peso mucho más grande que lo ahogaba: la ausencia de Orla.
Con manos temblorosas sacó su teléfono e intentó llamarla. Una, dos, tres veces.
El tono sonaba, pero ella no contestaba. El silencio del otro lado de la línea era insoportable.
«Orla… ¿Por qué tenías que actuar así?», pensaba, con el rostro hundido entre sus manos
«Un niño inocente murió… pero no es tu culpa, ¡es la mía! Yo provoqué todo esto. Yo destruí lo que más amaba…»
El dolor lo consumía.

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