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Suplicando tu perdón romance Capítulo 126

El pasillo olía a desinfectante, y las luces blancas del hospital parecían demasiado intensas, como si quisieran desnudar los pensamientos de cualquiera que se atreviera a entrar.

Orla estaba recostada en la camilla, con la mirada perdida en el techo. Sus manos sudorosas apretaban la sábana con fuerza, como si con eso pudiera detener lo inevitable.

Una enfermera se acercó con un portapapeles.

—Necesitamos contactar a sus familiares, señora… —dijo con voz baja, casi compasiva.

Orla giró el rostro lentamente y la miró, sus ojos enrojecidos parecían cristales a punto de quebrarse. Negó con la cabeza, rotunda.

—No. No quiero. No quiero que contacten a mis familiares —dijo con un hilo de voz, cargado de desesperación—. Hagan el legrado. Firmaré todo lo que sea necesario.

Las enfermeras intercambiaron una mirada nerviosa. Era evidente que dudaban.

—Pero… —alcanzó a decir una de ellas.

Orla las interrumpió con brusquedad, aunque la voz le temblaba.

—Si no pueden hacerlo aquí, trasládenme a otro hospital que sí lo haga. No quiero a nadie aquí, ¿me entienden?

El silencio cayó por unos segundos, hasta que una de ellas asintió.

Le extendieron los documentos.

Orla tomó el bolígrafo con mano temblorosa, la tinta parecía más pesada de lo normal, como si cada letra escrita fuera un pedazo de su corazón cayendo al vacío. Firmó.

—El legrado no durará mucho, señora —le dijo la enfermera con voz mecánica, aunque sus ojos transmitían cierta compasión—, pero permanecerá al menos un día aquí para observación.

Orla apenas movió la cabeza, un gesto seco de aceptación.

Con manos torpes, buscó su teléfono en la bolsa de la camilla.

Lo encendió: la pantalla iluminó su rostro apagado. Solo envió un único mensaje, breve, definitivo:

«No me busques. No quiero saber de ti. Me fui de viaje, volveré cuando esté lista para enfrentarte».

El mensaje voló hacia el celular de Félix. Orla apagó de inmediato el dispositivo, como si de esa forma pudiera borrar la existencia del hombre que la había destruido.

Su corazón latía desbocado, no solo por el miedo al procedimiento, sino porque todo dentro de ella gritaba que estaba a punto de perder más que un bebé: iba a perder también la ilusión, el futuro que había soñado.

Poco después, entró el cirujano. La figura de aquel hombre con bata blanca y guantes brillantes le pareció la encarnación de un destino cruel.

—Ya todo está listo —anunció.

La camilla comenzó a moverse, rechinando por los pasillos silenciosos.

El eco de las ruedas golpeaba en la mente de Orla como si fueran tambores de guerra. Temblaba de pies a cabeza, con lágrimas que corrían mudas por sus mejillas.

—Debemos inyectar la anestesia —le informó una enfermera.

La obligaron a colocarse en posición fetal. Orla cerró los ojos, el dolor físico de la aguja en la espalda fue nada en comparación con la herida de su alma.

Sintió un hormigueo que se extendía por todo su cuerpo, un entumecimiento extraño, y supo que pronto no sentiría nada de cintura para abajo.

Pero lo que no podía adormecer aquella inyección era la tormenta dentro de su pecho.

«Tal vez deberías estar aquí, Félix. Tal vez deberías tomarme de la mano, decirme que no estoy sola. Pero tú me rompiste el corazón. Me engañaste, aunque lo niegues. Para mí ya no eres más que un traidor», pensó con rabia y dolor.

***

El tiempo se convirtió en un abismo.

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