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Suplicando tu perdón romance Capítulo 13

Alexis se levantó de su silla con lentitud, como si el peso de su desprecio fuera lo único que lo mantenía en pie. Clavó su mirada en ella con arrogancia, y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

—¿Y qué? —dijo, con voz cortante—. ¿Acaso crees que tienes derecho a reclamarme algo?

Sienna lo miró, incapaz de contener las lágrimas que corrían silenciosas por sus mejillas.

—¡Yo nunca te engañé! —gritó, con la voz quebrada—. ¿Y con ella? ¿Con mi hermana? ¿Esto es tu venganza? ¿Quieres destruirme por completo?

Él se encogió de hombros con una indiferencia que dolía más que mil insultos. Luego giró y tomó a Tessa de la cintura, la abrazó con una intimidad que le rompió el alma a Sienna. Tessa se recostó en su pecho como una amante victoriosa.

—Vamos, Tessa —dijo Alexis, sin apartar la mirada de Sienna—. Ven a mi cama. Olvida a esta mujerzuela. Déjala que siga soñando que es una santa.

Tessa soltó una carcajada burlona. Sienna sintió cómo se le rompía algo dentro. Los vio caminar juntos, como si fueran una pareja feliz, subir las escaleras lentamente y desaparecer en esa habitación… la misma donde ella había dormido con él, la misma donde se habían amado tantas veces.

Sus rodillas no resistieron más. Cayó al suelo con un suspiro roto.

«¿Cuánto más voy a soportar? ¿Cuánto más dolor puede caber en un solo corazón?», pensó, abrazándose a sí misma como única protección ante esa devastación.

Con el alma destrozada, Sienna caminó hasta la habitación de Melody. Su pequeña dormía plácidamente. Se acostó a su lado, envolviéndola entre sus brazos, como si abrazarla fuera su única ancla para no volverse loca. Esa niña era todo lo que la mantenía de pie. Todo.

Mientras tanto, en la habitación principal, Tessa se deslizaba sensualmente sobre la cama, observando a Alexis con ojos brillantes de deseo y falsa ternura.

—Ella debe estar sufriendo, Alexis —susurró—. Y no te culpo… lo merece. Te hizo daño.

Intentó besarlo, se acercó tanto que sus labios rozaron los de él, pero Alexis se apartó bruscamente, como si hubiera sido quemado.

—¿Qué demonios haces? —exclamó con furia—. ¡No, Tessa! Esto fue una maldita broma. Yo no siento nada por ti.

Tessa lo miró con los ojos llenos de lágrimas. Extendió la mano temblorosa y le tomó la suya.

—Alexis… yo siempre te he amado.

Él sintió un escalofrío en la espalda. Le retiró la mano con firmeza.

—Lo siento, Tessa. Pero yo no. Nunca podré amarte. Tal vez no lo merezcas, tal vez sí… pero no puedo darte nada. Solo puedo ayudarte económicamente. Eso es todo.

Tessa sollozó. Alexis suspiró con cansancio.

—No llores. Vete a dormir a tu alcoba.

Se alejó sin mirar atrás. El aire le faltaba. Salió al balcón, buscando consuelo en la noche silenciosa. Y entonces, la vio.

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