Orla entró en la habitación del hospital con pasos cautelosos, como si temiera que cualquier ruido brusco pudiera romper la frágil paz que reinaba allí.
Su corazón latía con fuerza y, al mirar a su madre tendida en la cama, sintió cómo una oleada de emociones la atravesaba de golpe.
Oriana Dalton estaba consciente, con los ojos abiertos, y cuando vio a su hija, levantó una mano temblorosa, casi implorando que la tomara.
Orla se acercó despacio, conteniendo la respiración, y tomó la mano de su madre con suavidad, intentando transmitirle calma a través de aquel gesto.
—Mamá… —dijo con la voz quebrada, con un hilo de llanto contenido.
—Mi niña… —respondió Oriana, con voz débil pero serena—. Mamá está bien, todo está bien.
Por un instante, ninguna de las dos habló.
El silencio era pesado, cargado de palabras que no se atrevían a pronunciarse. El dolor, la culpa, la incertidumbre… todo se mezclaba en el aire. Finalmente, Oriana rompió el silencio:
—¡No te divorcies, hija! No quiero esto para ti.
Orla sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda.
Esas palabras, dichas con tanto amor y preocupación, la hicieron doler en lo más profundo.
—Mamá, por favor… —intentó decir, pero su voz se quebró.
—Dime, ¿qué daño te hizo ese hombre? —la mujer continuó, con un hilo de determinación en la voz—. Hablaré con él, con Eugenio, todo puede resolverse.
Orla bajó la mirada, incapaz de explicar lo que sentía. ¿Cómo podría confesarle a su madre el dolor que llevaba en el pecho? ¿Cómo hablar de su nieto muerto, del engaño, de la traición que la había quebrado?
No podía, no mientras su madre estaba convaleciente, frágil, con cada latido pendiente de su recuperación.
La puerta se abrió de repente, y Félix apareció en el umbral.
La tensión se cortó como un cuchillo. Oriana alzó la voz, con fuerza y autoridad:
—¡Félix! ¡¿qué le hiciste a mi hija!?
El hombre titubeó, como si el aire mismo se hubiera vuelto demasiado pesado para respirar.
—¡Félix, sal de aquí! —ordenó Oriana, con un temblor que no lograba ocultar la rabia.
Félix dio un paso adelante, pero algo en su mirada cambió.
Se arrodilló, con la cabeza baja y la voz rota:
—Me equivoqué… te lastimé, Orla. Te pido, por favor, que me perdones. Remediaré mis errores, te haré feliz… pero no quiero perderte. No quiero el divorcio.
Oriana lo miró con sorpresa y un dejo de incredulidad.
Luego posó su mirada en su hija, observando el gesto de rabia, tan firme y duro como una estatua, que la hacía temblar de emoción.
—Félix, déjame a solas con mi hija, por favor —ordenó con suavidad, aunque su voz llevaba un peso que obligó al hombre a asentir y levantarse lentamente.
Salió de la habitación, dejando un silencio cargado de tensión.
—Orla… —susurró su madre, intentando tomar su mano con cuidado

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