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Suplicando tu perdón romance Capítulo 131

Cuando Eugenio se marchó, la casa quedó en un silencio sofocante.

Félix permaneció un rato de pie, en medio del pasillo, con la mente nublada y el corazón, golpeándole como un tambor de guerra.

Subió la escalera lentamente, cada peldaño le pesaba como si arrastrara cadenas invisibles. Llegó hasta la habitación y empujó la puerta con suavidad.

Allí estaba Orla, tendida en la cama.

Fingía dormir, su respiración era tranquila, casi perfecta, pero él conocía su cuerpo, conocía la tensión que recorría sus hombros cuando estaba despierta y se negaba a mirarlo. Aun así, él quiso engañarse, quiso creer que podía acercarse.

Caminó hasta el lecho y, sin pensarlo demasiado, se recostó a su lado.

La rodeó con sus brazos, buscando ese calor que tantas veces lo había reconfortado.

Pero al instante en que Orla sintió su toque, el cuerpo de ella se tensó.

Se giró bruscamente, alejándose de él como si su piel quemara.

—¡No me toques, Félix! —gritó, con un nudo de rabia y de lágrimas contenidas.

Él se estremeció, pero no cedió.

—Te amo… —su voz tembló, suplicante—. Te amo, por favor, perdóname.

Orla lo miró con los ojos encendidos, una mezcla de dolor y furia.

—No te quiero. Ya no te quiero.

El golpe de esas palabras fue más fuerte que cualquier bofetada.

Félix tragó saliva, intentando sostener la compostura. Se inclinó hacia ella, desesperado por robarle, aunque fuera un beso, una señal de que todavía podía recuperarla. Pero Orla lo empujó con toda la fuerza de su resentimiento.

—O me voy yo, o te vas tú.

La voz de ella fue un filo implacable.

Félix, con el pecho ardiendo, se levantó despacio.

—Orla… estás siendo tan dura conmigo.

Ella se giró, dándole la espalda, incapaz de verlo más tiempo.

Solo cuando escuchó la puerta cerrarse, se atrevió a respirar de nuevo. Sus pulmones se llenaron de aire como si hubiera estado ahogándose durante horas.

Con las manos temblorosas, abrió el último cajón de la cómoda.

Allí, entre prendas olvidadas, estaba aquel pequeño mameluco blanco.

Lo tomó con reverencia, apretándolo contra su pecho como si pudiera devolverle la vida a lo que había perdido. Sus lágrimas mojaron la tela.

Ese pedazo de algodón era el símbolo de su duelo eterno, de su bebé no nacido.

Aquel era su verdadero dolor, el secreto que ahogaba en silencio y que nadie, ni siquiera Félix, merecía comprender.

***

Al día siguiente, Orla fue al hospital.

La tensión no le permitía dormir ni pensar con claridad, pero sabía que debía estar allí, junto a su madre.

Cuando llegó, encontró a su hermano Alexis y a Sienna en la sala de espera.

—Vayan a descansar —les dijo con una calma fingida—. Yo me quedaré con mamá.

Alexis la observó, preocupado.

Dudó un instante, pero al ver que su hermana parecía un poco más serena, accedió.

Acarició su brazo antes de irse con Sienna, confiando en que Orla sabría cuidar de todo.

Orla se sentó en la sala de urgencias, con los nervios tensos como cuerdas.

Miraba la puerta blanca por donde había entrado su madre, esperando una señal, una noticia, cualquier cosa.

Entonces, una sombra apareció en el pasillo.

Por un segundo creyó que su mente le jugaba una mala pasada, pero no. Esa figura elegante, con la sonrisa venenosa, era real.

¡Fedora!

El corazón de Orla se detuvo un instante.

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