—¡No te voy a perder ahora! —la voz de Félix retumbó en la habitación, cargada de un dolor feroz y un amor desesperado.
No esperó respuesta.
La besó de nuevo con una fuerza que le quemaba los labios, como si en ese contacto se jugara la vida. Pero Orla rompió el beso, apartando su rostro con lágrimas en los ojos.
—¿Qué quieres de mí, Félix? —preguntó con un hilo de voz, vulnerable, herida, incrédula ante el hombre que la sujetaba con tanto ímpetu.
Él no dudó ni un instante.
—Amor. Y perdón —respondió con el alma desnuda.
Sus labios descendieron por el cuello de ella, con besos lentos, ardientes, como gotas de lluvia que la empapaban hasta el alma.
Cada roce era un lamento y una súplica.
—¡Ah… ¡Félix! —gimió ella, temblando entre la contradicción de rechazarlo o entregarse de nuevo.
—Te amo, Orla —susurró él, con la voz rota de emoción—. Y te lo voy a demostrar. Te voy a enamorar otra vez, y no pararé hasta que vuelvas a amarme como la primera vez.
Sus palabras la desgarraron.
Su cuerpo se estremecía, cada caricia era una tortura deliciosa que la doblegaba, un juramento ardiente de que él la haría suya, con amor o con locura.
Ante su mirada, Félix comenzó a desnudarse.
El aire se espesó. Su piel morena, su torso fuerte, sus músculos tensos, todo en él gritaba virilidad.
Y aunque ella nunca lo hubiera imaginado, en ese momento comprendió que siempre lo había deseado, que siempre había sido suyo. Estaban allí, en medio de la tormenta que había arrasado con sus dudas, como dos seres condenados a encontrarse una y otra vez.
Él se inclinó sobre ella, y sus manos grandes recorrieron sus pechos con devoción, masajeándolos, arrancándole jadeos, arqueando su cuerpo bajo el peso del placer.
—Félix… —gimió ella, suplicante y perdida.
Él sonrió con ironía, aunque su voz se suavizó.
—Silencio. Su masajista tiene que consentirla… está muy estresada.
Ella ahogó una risa entrecortada y un suspiro, pero el rubor se apoderó de su rostro.
Entonces sintió su mano deslizarse hacia sus muslos, abriéndolos con firmeza, hasta tocar su centro. Un roce suave, decidido, y la humedad lo delató.
Orla lanzó un gemido que rompió su orgullo.
—Félix, por favor…
—No supliques, amor… lo haré por ti —susurró, y su voz fue como un conjuro.
Sus labios descendieron, besando su vientre, bajando sin prisa, con una devoción que la hacía enloquecer.
Ella sabía que era tarde para arrepentirse.
La pasión los envolvía como un fuego imposible de apagar.
Se dejó llevar, jadeando, gimiendo, entregándose a él con las manos aún atadas, como si no quisiera ser liberada nunca.
Cuando sintió el clímax recorrerla como una ola implacable, el mundo desapareció. Pero él no se detuvo.
Se hundió en su interior con un solo movimiento, fuerte, profundo, haciéndola suya, sellando lo que sus labios y promesas no podían.
Ella se tensó, lo rodeó con las piernas, y el vaivén de sus cuerpos comenzó a marcar el ritmo de un amor salvaje y desesperado.
Como dos lobos en celo, se movían instintivos, apasionados, sin importarles nada más que fundirse el uno en el otro.

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