Entrar Via

Suplicando tu perdón romance Capítulo 156

Orla empujó a Marcus con toda la fuerza que le permitieron sus brazos temblorosos y, sin pensarlo dos veces, lo abofeteó. El sonido seco de la bofetada retumbó en el aire como un eco de dolor y furia.

—Marcus, ¡cómo te atreves! —gritó con la voz quebrada, sintiendo que el pecho le ardía de rabia y miedo.

El hombre se quedó mirándola, sus ojos cargados de una mezcla oscura entre deseo y frustración. Lentamente, llevó la mano a su mejilla, donde todavía ardía la huella del golpe. Sonrió con amargura.

—Aunque ahora no lo entiendes —dijo con una calma que a ella le resultaba inquietante—, nacimos para estar juntos, Orla. Lo quieras o no, nuestros caminos se cruzaron por una razón.

Ella retrocedió un paso, el corazón desbocado, sintiendo un frío recorrerle la espalda.

—¡Vete! ¡Me estás asustando! —su voz temblaba, y aunque intentó sonar firme, su miedo era evidente.

Marcus la observó unos segundos más, como si quisiera memorizar cada detalle de su rostro, y luego, con un gesto brusco, dio media vuelta y salió de la habitación. El silencio que quedó tras él era opresivo.

Orla se llevó las manos al rostro, temblando, y limpió sus labios con desesperación, como si con ese gesto pudiera borrar el recuerdo de lo ocurrido.

No quiso contarle nada a Félix. No quería cargarlo con más preocupaciones, ni poner en peligro lo que estaban reconstruyendo.

Esa noche, como si el destino quisiera darle un respiro, Félix la sorprendió con un detalle inesperado.

La llevó a un yate iluminado tenuemente por faroles, con una mesa servida con esmero.

El olor del mar, el sonido de las olas y la brisa nocturna creaban un ambiente íntimo, casi mágico. Durante la cena, rieron, se miraron a los ojos como si el tiempo retrocediera, como si todo lo roto pudiera repararse en ese instante.

Después, cuando las luces del cielo comenzaron a llenarse de estrellas fugaces, Félix la rodeó con sus brazos, permitiéndole descansar la cabeza en su hombro.

—¿Alguna vez podrás perdonarme? —preguntó, en un susurro, la voz cargada de arrepentimiento y vulnerabilidad.

Orla lo miró fijamente, las emociones luchando en su interior. El dolor aún estaba ahí, latiendo como una herida abierta. Pero al mismo tiempo, el amor la empujaba a creer, a intentarlo. Se acercó suavemente a sus labios.

—Aún me duele —confesó con honestidad—, pero quiero intentarlo. Quiero perdonar y amar. Solo quiero eso, Félix… ser amada.

Él la contempló con ternura infinita, como si esas palabras fueran un regalo que no esperaba recibir. Tomó su rostro entre sus manos y besó sus labios con una devoción absoluta.

—Entonces déjame amarte para siempre —prometió con un tono firme, como si sellara un pacto eterno.

Esa noche, entre caricias y besos, se juraron superar todo.

Se entregaron el uno al otro con la certeza de que su amor, nacido de la nada y forjado en medio del dolor, sería más fuerte que cualquier sombra que intentara destruirlos.

***

Cuando volvieron a la ciudad, Orla buscó a Sienna.

Al verla, la abrazó con gratitud.

—Entonces… ¿Funcionó? —preguntó Sienna con una sonrisa esperanzada.

Orla asintió, aunque en sus ojos brillaba todavía un rastro de tristeza.

—No sé si funcionará por siempre, pero por ahora sí. Aún me duele el corazón por mi bebé… esa herida no se irá nunca. Pero quiero ser feliz, Sienna. No puedo luchar contra lo que siento por Félix.

Sienna le tomó la mano con suavidad.

—Haces bien, créeme. El rencor es como un veneno: lo tragas pensando que hiere a otro, pero al final solo te hiere a ti. Si hay amor por salvar, si ese amor es bueno, si te lo demuestra y te valora, entonces vale la pena luchar por él.

Las palabras de su amiga le dieron paz. Orla sonrió con sinceridad.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplicando tu perdón