Los ojos de Alexis se encendieron con una luz feroz, una mezcla entre esperanza y furia contenida. Su cuerpo, antes rígido, se levantó de golpe de la silla como impulsado por un resorte.
Quiso gritar, pero se contuvo, sabía que debía mantener la calma, o todo se perdería en un instante.
—¿La encontró? —preguntó con voz apenas controlada, la ansiedad le vibraba en las palabras.
El hombre que sostenía una carpeta delante de él asintió con seriedad.
—Sí. La encontré. Pero las cosas no son como usted esperaba.
Alexis tragó en seco, casi sin aliento.
—¿Dónde… dónde están? —preguntó, apretando los puños, como si pudiera sostener a sus seres queridos con fuerza física.
—En Ovyu —respondió el investigador, extendiendo la carpeta abierta—. Viven en un edificio humilde, muy cerca del mar. Su hija está inscrita en una escuela pública, y su esposa… bueno, trabaja.
—¿Dónde? ¿En qué? —el tono de Alexis se volvió urgente, casi como un rugido contenido.
—En un bar —dijo el hombre con cautela, como si pronunciar esa palabra pudiera romper algo frágil en el aire.
Alexis sintió que la sangre le hervía en las venas.
Su respiración se aceleró y un nudo se formó en su garganta. Tomó la carpeta de un manotazo, abriéndola con furia contenida, y las fotos lo golpearon como puños invisibles.
Ahí estaba Melody, su pequeña, su niña, ahora con ropas sencillas y gastadas, lejos de las marcas de lujo que Sienna siempre había preferido.
Aun así, Melody lucía hermosa, con esa dulzura natural, abrazando fuerte a su osito de peluche, el Señor Pink, como si fuera su única protección en un mundo cruel.
Y Sienna… Sienna ya no era la mujer elegante, pulcra y brillante que él recordaba.
Aquella figura distinguida y altiva había sido reemplazada por alguien con ropa modesta, un abrigo simple y cabello suelto, despeinado por la brisa marina.
Sus ojos, antes radiantes, ahora mostraban profundas ojeras y cansancio; su cuerpo, más delgado, parecía haberse rendido a la dureza del día a día.
Pero a pesar de todo, seguía siendo ella, la mujer que amaba y odiaba en igual medida.
Alexis sintió una punzada de nostalgia mezclada con rabia. Sus manos se apretaron con fuerza sobre las fotos, mientras un torrente de emociones lo atravesaba: odio, frustración, un hambre oscura de venganza y un deseo inexplicable, casi visceral.
Y entonces, sus ojos encontraron algo que le heló la sangre: una imagen de Sienna con una minifalda provocativa, maquillaje cargado, una pose que gritaba a la desesperada por atención.
—¿Es… es una prostituta? —exclamó, casi mordiéndose las palabras con veneno.
—¡No, señor! —respondió el investigador con vehemencia—. Ella no es una prostituta. En ese bar trabaja como mesera. Sí, vende bebidas y recibe comisión por cada copa que vende, probablemente por eso esté ahí. Pero le aseguro, tras una exhaustiva investigación, que no se dedica a la prostitución.

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