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Suplicando tu perdón romance Capítulo 27

Cuando Tessa se enteró de que Alexis había viajado a Ovyu, sintió cómo la sangre le hervía en las venas.

El vaso que sostenía en la mano tembló hasta derramar unas gotas sobre la alfombra, pero ni siquiera se dio cuenta.

—¿No te das cuenta, Orla? —exclamó, casi gritando—. ¡Esa niña no es suya! Sienna solo lo va a destrozar más de lo que ya está. ¡No puedo permitirlo!

Orla, sentada frente a ella, la observó con una mezcla de fastidio y cansancio.

—Ese es el problema de Alexis, Tessa. No tuyo —respondió con voz firme—. No te metas en asuntos que no te competen. Mi hermano te ha ayudado demasiado, pero no te confundas: no eres su dueña. Tessa, no piensen en mi hermano como un hombre, él nunca va a amarte.

El silencio posterior fue denso como plomo. La mirada de Tessa se llenó de odio, pero no respondió.

Orla se levantó, recogió sus cosas y salió del salón sin mirar atrás.

Tessa quedó sola, con los músculos tensos y el pecho agitado. Se sentía ardiendo por dentro, como si una hoguera se hubiera encendido en su interior.

Caminó de un lado a otro por la sala, intentando controlar su respiración, hasta que al final tomó el teléfono con manos temblorosas.

Miró hacia la puerta, asegurándose de que nadie pudiera escucharla, y marcó un número.

—¿Pudiste conseguir lo que te pedí? —susurró, con un filo helado en la voz.

—Fue difícil —respondió un hombre al otro lado de la línea—, pero lo conseguí. Mañana irán a esa dirección y se encargarán de acabar con esa mujercita. No te preocupes, pronto recibirás las condolencias por la muerte de tu “hermanita”. —Soltó una carcajada desagradable—. Con lo hermosa que es… una verdadera lástima.

—Escúchame bien, Horacio… —su tono se volvió tan frío que el silencio del otro lado pareció vacilar—. Si esto sale mal… nunca volverás a ver a tu hija.

El hombre calló unos segundos, y luego respondió, más sumiso:

—Bien. Haré lo que sea para que tú, mi hija y yo estemos por fin juntos… como debió ser.

Tessa colgó sin decir más. Se dejó caer en el sillón y soltó un largo suspiro, cargado de tensión.

—Por favor… —murmuró con los dientes apretados—. ¡Que no fallen esta vez!

***

Sienna, por su parte, vivía un día como tantos, ajena a la tormenta que se cernía sobre ella.

Había llevado a Melody a la escuela, y gracias al dinero que aquel misterioso hombre le había dado, había podido pagar sus libros y útiles, además de la matrícula que llevaba atrasada.

No se sentía cómoda usando ese dinero; la vergüenza y la gratitud se mezclaban como veneno y miel en su interior.

Sin embargo, con las deudas apretándole el cuello, no tenía más opción.

Cuando la noche llegó y Melody estuvo lista para dormir, la niñera tocó a la puerta.

—Gracias por venir, Carla —dijo Sienna mientras le entregaba a la pequeña—. Recuerda: no abras a nadie, en ninguna circunstancia.

—Claro, señora. Que tenga buen turno —respondió la mujer con una sonrisa amable.

Sienna asintió, cerró bien la puerta y bajó al taxi que la esperaba.

El viaje hasta el bar se sintió más largo que de costumbre, como si la noche ocultara algo que ella aún no podía ver.

***

Al llegar, algo en el ambiente era distinto.

La tensión flotaba en el aire; camareras y empleados corrían de un lado a otro, ajustando luces, limpiando copas y preparando botellas.

—¿Qué sucede? —preguntó Sienna, dejando su bolso en el camerino.

—¡Al parecer viene un magnate, un hombre con muchísimo dinero! —respondió una compañera, ajustándose el escote—. Pidió una sala VIP privada. Dicen que la propina será enorme.

Sienna asintió, pero sin mucho entusiasmo.

Se cambió con rapidez, arreglándose como siempre. Mientras tanto, las demás chicas se esmeraban en subir sus faldas y mostrar más piel de lo habitual.

—¡Esta noche una de nosotras tendrá una gran propina y si se liga a un magnate, será rica! —rio una, entre nerviosa y emocionada.

***

En ese momento, Alexis Dalton cruzaba la entrada del bar.

Su porte imponente y el traje impecable llamaron la atención de todos, las meseras le miraban como si vieran a un adonis.

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