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Suplicando tu perdón romance Capítulo 28

Sienna retrocedió un paso, el corazón desbocado golpeando en su pecho como si quisiera escapar.

El aire se volvió pesado, difícil de respirar. Nunca, ni en sus peores pesadillas, había imaginado volver a ver a ese hombre. Y mucho menos, ahí, en ese lugar donde se suponía que podía sentirse a salvo.

Él estaba sentado con una postura relajada, pero su sonrisa burlona, casi cínica, era como la de un león hambriento acorralando a su presa antes de lanzarse sobre ella.

Sus ojos brillaban con un fulgor oscuro, tan distinto al hombre que ella había amado.

—¿Qué sucede, señorita? —preguntó con voz grave, arrastrando las palabras como un reto—. ¿No nos va a servir un trago?

Antes de que ella pudiera responder, otro mesero entró cargando varias botellas de whisky, coñac y Champaña.

El tintineo del cristal parecía burlarse de su tensión.

Los demás hombres en la sala aplaudieron entre risas, celebrando la llegada del alcohol, sin tener idea del huracán que estaba a punto de desatarse.

Sienna tragó saliva y, por un segundo, pensó en dar media vuelta y salir.

Pero sus ojos se posaron en las botellas y, antes de moverse, Alexis se puso de pie. Su sombra la cubrió por completo.

—¡Sirve los tragos! —ordenó con una voz que no admitía réplica.

Ella lo miró fijamente, con rabia contenida, con frustración acumulada, sintiendo en la garganta ese nudo previo a las lágrimas.

Pero no iba a dejar que él viera su debilidad.

¿Quién era este hombre? ¿Dónde estaba el esposo que le había jurado amor eterno? ¿Cuándo había muerto el Alexis que la enamoró?

—¡Vete al diablo, Alexis Dalton! —escupió con furia—. No te serviré nada.

Y, como si necesitara dejar huella de su desafío, tomó una botella de vino y la lanzó contra el suelo, justo a sus pies.

El cristal estalló en mil pedazos y el líquido rojo se esparció como sangre.

Los murmullos comenzaron a circular entre los presentes.

—Es la exseñora Dalton…

El comentario llegó a los oídos de Alexis como gasolina sobre fuego. Sus músculos se tensaron, y por un instante, su mandíbula tembló.

—¡Lárguense todos de aquí! —rugió, su voz, como un latigazo—. Déjenme a solas con ella.

Los hombres obedecieron sin protestar.

La puerta se cerró y Sienna los vio irse, sintiendo que cada paso que daban alejándose era una oportunidad perdida para escapar.

Giró sobre sus talones para salir, pero Alexis fue más rápido. Su mano dura y fría se cerró sobre su brazo.

—¿A dónde demonios crees que vas? —sus ojos eran dos brasas encendidas—. ¿Acaso olvidaste que tienes algo que me pertenece?

Ella lo miró confundida, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

—¡Mi hija!

Sienna sintió que el aire le quemaba los pulmones.

—¿Ahora Melody es tu hija? —le espetó con sarcasmo—. ¡No gritaste a los cuatro vientos que no lo era! No vengas a reclamar lo que no te pertenece. Ya te lo dije: déjame en paz, ya me hiciste suficiente daño.

Alexis soltó una carcajada oscura, tan amarga que heló la sangre de Sienna.

—¿Yo te hice daño? —se señaló el pecho con furia—. ¿Y tú? ¿Qué hay de ti? ¿Acaso no me mataste? ¿Te sorprende en quién me convertiste? ¡Tú me hiciste esto! Tú me rompiste, me volviste hielo… y ahora quieres encontrar calor en mí. ¡Eres la culpable!

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