El pasillo estaba casi vacío, iluminado apenas por la luz amarillenta de unas lámparas antiguas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes. El eco de unos pasos resonó, firme, decidido… peligroso. Tessa giró la cabeza, y en ese instante una mano fuerte se cerró sobre su brazo.
Alexis.
La arrastró hacia un rincón apartado, con una fuerza que le cortó la respiración. Su rostro estaba tan cerca que Tessa pudo ver el brillo oscuro en sus pupilas, como si algo dentro de él estuviera a punto de estallar.
—¿Tú…? —su voz fue un filo—. ¿Tú contrataste al stripper que era el amante de Sienna?
Tessa parpadeó, incrédula, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba hasta dolerle en las sienes.
—¿De dónde lo conoces, Tessa? —insistió él, con los dientes apretados.
—Alexis… —su voz tembló—. Me estás lastimando… y… no entiendo… no sé de lo que hablas.
Pero la mirada de él era un muro. Dura, acusadora, implacable.
—No me mientas —escupió—. Mi investigador encontró al amante de Sienna.
El corazón de Tessa dio un vuelco. Un sudor frío le recorrió la espalda.
—¿El amante…?
—Era el stripper que tú contrataste para la fiesta de tu prima segunda. —Alexis dio un paso más, acorralándola contra la pared—. Dijiste que te había amenazado. ¿Mentiste?
La garganta de Tessa se cerró.
—¡No mentí! —soltó con un hilo de voz—. No… hasta ahora no sabía nada de esto. Ese hombre… siempre llevaba una máscara… —sus palabras se atropellaban, intentando encajar en una mentira creíble—. ¡Ah! Claro… mi hermana… ella me lo recomendó. Me dijo que había visto un anuncio de ese bailarín… yo le creí…
La voz se le quebró, y entonces soltó el resto como si confesara a medias:
—Eran amantes. Seguro que ella lo que quería… hacerle ganar dinero extra… y así poder verse sin que nadie sospechara.
Alexis aflojó la presión, pero el escalofrío que lo recorrió fue peor que su ira inicial.
Había algo en todo eso que le sabía a veneno.
Tessa, consciente de su propio temblor, intentó recomponerse. Si él dudaba de sí mismo, era su oportunidad para sembrar confusión.
Pero entonces Alexis alzó la mano y, con un gesto brusco, pellizcó su mejilla. La obligó a mirarlo de frente.
—¡Mírame bien! —rugió—. Si mientes… te juro que me lo pagarás.
Los ojos de Tessa se llenaron de lágrimas, no tanto por el dolor físico como por el miedo real que sintió en ese instante.
—Alexis… yo no soy Sienna. —Su voz sonó rota, herida—. No soy una mujerzuela mentirosa.

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