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Suplicando tu perdón romance Capítulo 40

Alexis avanzó hacia ella con pasos largos, su sombra recortándose bajo la luz fría del pasillo del hospital.

Su mirada ardía.

—¿Qué haces aquí? —su voz, grave y tensa, cortó el aire—. ¿Dónde está mi hija?

Sienna se volvió despacio, con los ojos cargados de furia y dolor acumulado.

—¿Cuál hija? —espetó, cada palabra impregnada de veneno—. ¿La que negaste desde que supiste que existía? ¿La que quisiste arrebatarme como si fuera un objeto?

—¡No es un juego, Sienna! —gruñó él, avanzando un paso más, como si su presencia pudiera imponerle autoridad.

—¡Déjame en paz! —su voz quebrada resonó como un latigazo.

Alexis alzó una mano para tomarla del brazo, pero un movimiento rápido lo detuvo: Félix, interponiéndose entre ellos, empujó al hombre con un gesto seco.

El choque de sus cuerpos fue suficiente para que los guardias de seguridad del hospital aparecieran.

—Señores, aquí no pueden discutir —dijo uno con firmeza—. O se calman, o tendrán que salir.

El latido en las sienes de Alexis golpeaba como un tambor.

Por un instante pensó en ignorarlos, pero su mandíbula se tensó y dio un paso atrás.

No tenía otra opción que alejarse, aunque la rabia le quemaba por dentro.

***

Sienna se alejó de ahí, y cruzó un pasillo, llegando a una habitación, cerró la puerta tras ella y observó en la cama donde Melody descansaba.

El olor a desinfectante y los colores blancos le recordaban que no estaban en casa, que la fragilidad de su hija era real.

—¿Cómo está? —preguntó, temiendo la respuesta.

La enfermera sonrió con amabilidad.

—Está bien, señora. Solo fue una infección de garganta, por eso la fiebre tan alta. Con los antibióticos se recuperará pronto.

El alivio la recorrió como un suspiro largo.

En cuestión de horas podrían darle el alta. Félix, que la acompañaba, se ofreció a traerle un poco de agua.

Sienna se sentó al borde de la cama, acariciando los cabellos de su pequeña. Melody dormía profundamente, respirando con calma.

Esa paz era lo único que le importaba.

Pero la puerta volvió a abrirse sin previo aviso.

Alexis entró, y antes de que Sienna pudiera reaccionar, la tomó del brazo con fuerza.

Con movimientos calculados la arrastró hasta el cuarto de baño para que la niña no los viera.

Su voz estalló como un trueno contenido:

—¿Qué le pasó a mi hija? ¡Tú la enfermaste!

—No lo hice —replicó ella, intentando soltarse—. Se enfermó de una infección de garganta. Y, en todo caso, estaba bajo tu cuidado… o más bien, secuestrada por ti.

Él apretó los puños.

—¿Quién es ese hombre, Sienna? —escupió, con los celos, mordiéndole la lengua—. ¿Tan rápido aceptaste que eres una…?

—¿Una qué? —lo enfrentó, con la cabeza erguida—. ¿Una zorra?

Él no respondió, pero el brillo de sus ojos lo delató.

Sienna rio sin humor, con lágrimas amenazando.

—Dilo. No me va a romper más de lo que ya hiciste.

—¿Qué haces con otro hombre? —su voz tembló, no solo de rabia, sino de miedo.

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