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Suplicando tu perdón romance Capítulo 43

—¡¿Usted?! —exclamó Tessa, con la voz quebrada, temblando, mientras sus manos se aferraban a la solapa de su chaqueta, como si de eso dependiera su vida—. ¡Por favor, no…!

Él soltó una carcajada profunda, oscura, que resonó en el estrecho pasillo y se le clavó como un cuchillo en la piel.

—Entonces resulta que usted está detrás de todo esto —dijo, sus ojos relampagueando con una mezcla de burla y amenaza—. La tierna señorita Molina, madre soltera, viuda y débil, con su hijita enferma… tratando de hundir a su hermana mayor, difamándola como si fuera una vil zorra… y la única mujerzuela aquí, señorita… ¡Es usted!

Tessa sintió que le faltaba el aire.

Sus piernas temblaban y un frío recorrió su espalda.

El corazón le golpeaba con fuerza, y en sus oídos solo resonaban aquellas palabras cargadas de veneno.

Intentó pronunciar algo, pero su voz apenas fue un hilo:

—¡Haré lo que sea, pero… por favor! ¡Que mi cuñado Alexis no se entere! ¡Por favor, no puede enterarse!

Él la miró de arriba abajo, con una sonrisa lasciva que la hizo sentir asco profundo, un repulsivo nudo en el estómago.

—¿Lo que sea, dices? —musitó, con una voz que parecía un susurro mortal, mientras se acercaba más—. Vamos a ver hasta dónde estás dispuesta a llegar, señorita Molina.

Antes de que Tessa pudiera reaccionar, sintió que la empujaban dentro del auto.

El miedo la paralizó; sabía que cualquier resistencia podía significar perderlo todo. Su cuerpo se tensó, la adrenalina le recorrió cada nervio, y mientras él empezaba a despojarla de su ropa, un asco y terror absoluto la invadieron.

Cada gesto suyo era una amenaza, cada mirada un recordatorio de que no tenía escapatoria.

La tortura fue breve, pero la sensación de vulnerabilidad y asco la consumió.

Cuando finalmente él terminó, cerró su bragueta y la observó con ojos severos, casi como si evaluara un objeto roto.

—Y ahora, señorita Molina… ¿Qué más me ofrece? —dijo, con una risa burlona—. Su cuerpo es ardiente, pero el señor Dalton me pagaría tanto por esto…

El miedo la paralizó. Sus manos temblorosas buscaron algo en su bolso, y lentamente sacó la navaja que siempre llevaba consigo, su única arma, su último recurso.

Sus ojos se fijaron en él, y en un instante todo el miedo y la desesperación se transformaron en decisión.

En un solo movimiento, preciso y decidido, hundió la navaja en su pecho.

El hombre intentó gritar, pero ella no dudó, apuñalando una y otra vez, hasta que la sangre comenzó a manar y teñir el suelo con un rojo intenso.

Su respiración era agitada, el corazón le latía a mil por hora.

Sintió un terror profundo: ¿Qué había hecho? Se convirtió en algo que jamás imaginó: una asesina.

Llorando, tomó su teléfono y llamó a Horacio.

La voz de desesperación se quebró mientras le explicaba todo. Él no dudó ni un segundo y corrió hasta el estacionamiento.

Lo que vio lo heló por completo.

—¡Mierda, m****a! —susurró, mientras observaba el cuerpo—. ¿Qué demonios hiciste, Tessa? ¡Esto puede traernos problemas legales enormes!

—¡Ayúdame! —sollozó ella—. Quiso abusarme… tenía que hacerlo…

Horacio suspiró, resignado, y rápidamente comenzaron a cubrir el cuerpo.

Subió al auto, y él fue a comprar gasolina mientras Tessa temblaba en el asiento, incapaz de dejar de llorar.

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