—¡¿Qué es lo que está pasando aquí?! —la voz de Oriana resonó como un trueno al entrar al salón, seguida de cerca por Orla.
Ambas se quedaron de pie, observando la escena como si hubieran irrumpido en el clímax de una obra trágica.
Tessa, sentada en el suelo, se levantó lentamente.
Su respiración era agitada, las lágrimas luchaban por escapar de sus ojos, y con un temblor dramático en la voz exclamó:
—¡Ella… ella me ha pegado! ¡Sienna está fuera de sí! ¡Se comporta como una loca!
Sienna, que permanecía erguida y con una mirada gélida, ni siquiera pestañeó ante la acusación.
Su voz sonó firme, con un tinte de desprecio que atravesó el aire como un cuchillo.
—No he venido para esto. Así que concentrémonos en lo que debe ser.
—Claro que no —intervino Oriana, con un gesto autoritario, colocándose entre ambas—. No alimentes más esta escena, Tessa. Vamos a concentrarnos en lo que realmente importa. Su mirada se endureció mientras añadía—; Haremos una nueva prueba de ADN. Confirmaremos el resultado anterior de una vez por todas.
Alexis, que hasta ese momento había permanecido en silencio, clavó sus ojos en Sienna.
Su expresión era dura, arrogante, cargada de un juicio anticipado.
—No tengo ningún problema en hacer cualquier prueba —respondió ella, con un tono sereno pero retador—. No tengo nada que ocultar… y mucho menos de qué avergonzarme.
Una risa breve y amarga escapó de los labios de Alexis.
—¿De verdad? —inclinó la cabeza, como si estuviera observando a una mentirosa que intentaba sostener una farsa—. Entonces explícame… ¿Por qué la prueba anterior resultó negativa, Sienna?
Sienna sostuvo su mirada sin vacilar.
—No lo sé. Y francamente, no me importa si me crees o no. Dejemos que las pruebas hablen por sí mismas. No tengo nada que ocultar, aunque ni tú, ni nadie me crea, basta con que yo sepa la verdad para demostrarlo.
—¡Me engañaste, acéptalo! —la voz de Alexis se volvió un rugido—. Si tan solo lo admitieras una vez… si tuvieras el valor de reconocerlo… tal vez, solo tal vez, podría tener un poco de piedad.
El corazón de Sienna latió con fuerza, pero su voz no tembló.
—No voy a aceptar una mentira. No fui infiel, Melody es tu hija, y si hay alguien inocente en toda esta historia, soy yo.
Su rostro se tensó, sus labios temblaron levemente, pero no por miedo, sino por rabia.
—Un día, cuando descubras la verdad, vendrás a suplicarme perdón. Pero será demasiado tarde.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplicando tu perdón