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Suplicando tu perdón romance Capítulo 65

—¿Y mi ropa? —preguntó Orla, con el rostro enrojecido, intentando recuperar un mínimo de dignidad tras la humillación que había vivido.

Félix, sin perder la arrogancia ni un ápice de su sonrisa provocadora, se dirigió al baño y tomó la ropa de Orla, examinándola con esa mezcla de burla y deseo que la hacía estremecerse.

—Entonces… ¿Tenemos un trato? —dijo, con voz cargada de satisfacción, mientras lanzaba su mirada de fuego hacia ella.

Orla titubeó.

Su corazón latía a mil por hora, con una mezcla de miedo, indignación y resignación.

Finalmente, asintió, incapaz de articular palabra, porque cualquier frase sonaba ridícula frente al poder y la autoridad que emanaba de Félix.

Él lanzó el vestido a la cama con una rapidez calculada, y luego tomó el sujetador con burla, dejando que la tela cayera entre sus dedos mientras la miraba con intensidad.

—Entonces —continuó, con voz grave y provocadora—, seremos marido y mujer ante la sociedad, ante mi padre, pero entre tú y yo… —sus palabras se hicieron más lentas, cada sílaba cargada de provocación—. Somos dos extraños. Sin amor, sin compromiso, sin nada más.

Tomó las bragas de Orla entre sus manos y las levantó con una sonrisa ardiente, lanzándolas finalmente a la cama.

Orla sintió cómo su dignidad se resquebrajaba poco a poco, como si el acto simbólico de Félix tirando su ropa a la cama fuese un reflejo de su vulnerabilidad.

—¡Vete! ¡Déjame cambiar! —gritó, tratando de recobrar autoridad, mientras su voz temblaba entre la rabia y la humillación.

Pero Félix, lejos de retirarse, entró al baño con pasos lentos y calculados.

Orla se vistió rápido, su respiración acelerada, sin darse cuenta de que él la observaba por una rendija, evaluando cada movimiento, cada gesto.

«Es hermosa… sí… pero no… yo tengo a Fedora en mi corazón», pensó Félix, mientras una mezcla de deseo y nostalgia lo atravesaba.

Una vez lista, Orla salió del baño, con el corazón todavía latiendo con fuerza, y en el pasillo se encontró con Sienna.

—Orla, ¿qué haces aquí? —preguntó Sienna, la sorpresa y la sospecha marcando sus facciones.

—¡No es lo que piensas, Sienna! —respondió Orla con rapidez, intentando transmitir honestidad en cada palabra—. Voy a buscar la verdad. No soporto ver que tú y mi sobrina sufran tanto. No puedo quedarme de brazos cruzados…

Sienna la miró, con los ojos entrecerrados, tratando de descifrar si podía confiar en ella.

Tras un instante, la abrazó con fuerza, compartiendo la angustia y la desesperación que ambas sentían.

—Pequeña Orla —susurró Sienna, con voz cargada de emoción—, tú fuiste quien comenzó a mostrar la verdad. Ya no debes hacer nada más. Alexis lo sabe, al menos la mitad.

Orla levantó la cabeza, con los ojos llenos de asombro.

—¿Qué?

—Alexis ya sabe que no lo traicioné —dijo Sienna, con un hilo de voz que mezclaba alivio y tristeza.

Un suspiro de alivio escapó de Orla, llenando el pasillo con un instante de calma.

—¡Gracias a Dios! —exclamó, dejando escapar por fin parte del estrés que la había acompañado.

Pero Sienna no estaba feliz; su rostro reflejaba el dolor de una herida que aún no cerraba.

—Sienna… no lo vas a perdonar, ¿verdad? —preguntó Orla, con cuidado, temiendo la respuesta.

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