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Suplicando tu perdón romance Capítulo 64

—¿Estás bien, cariño? —preguntó Eugenio, con la voz cargada de preocupación y dulzura.

Sienna asintió débilmente, intentando recomponerse, pero su corazón seguía latiendo a un ritmo descontrolado, todavía herido por todo lo que había pasado.

La tensión en sus hombros no desaparecía, y sus ojos reflejaban un dolor profundo, la mezcla de dolor y desconfianza que le había dejado Alexis.

—Vamos a casa —dijo Eugenio con firmeza, tomando suavemente su mano para guiarla, ofreciendo el calor y la protección que ella necesitaba después de tanto caos.

—¡Sienna! —gritó una voz detrás de ellas, cargada de desesperación y reproche.

Sienna se giró un instante, y allí estaba Alexis, corriendo hacia ellos, con el rostro demacrado, los ojos rojos de tanto llorar, el pecho agitado por el esfuerzo de alcanzarlas.

Su mirada estaba llena de súplica, un hombre derrotado por sus errores, completamente vulnerable.

—¡Sienna, está bien si odias a Alexis! —exclamó Tessa, con un hilo de voz quebrado—. Si no lo perdonas… lo entiendo, pero… ¿Ir a meterte en la cama de un anciano? ¿No sientes pena de ti misma?

—¡Cállate, mujerzuela! —replicó Eugenio, la rabia y la indignación, mezclándose en su voz—. O te callaré.

Tessa retrocedió al escuchar la amenaza de Eugenio.

Sus ojos brillaban con miedo y astucia a la vez.

Alexis corrió hacia Sienna.

El hombre levantó la mirada con determinación y se colocó frente a Alexis, como un muro impenetrable.

—¡Déjala en paz! —gruñó Eugenio—. ¡Ella ya no te pertenece!

Alexis lo miró con un dolor profundo que atravesaba su alma. Cada palabra de Eugenio era un recordatorio cruel de todo lo que había perdido y de lo que había hecho mal.

—¡Yo la amo! —gritó Alexis, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Me equivoqué… ¡Voy a remediar mi error!

—¿Y cómo lo harás? —le replicó Eugenio, con voz dura y acusadora—. Destruiste el corazón de una mujer, genio. Dime… ¿Cómo piensas curar un corazón roto, Alexis?

El hombre bajó la mirada, los hombros hundidos, y la voz se quebró al responder.

—Yo… ¡Haré lo que sea! —dijo, con cada palabra cargada de desesperación y arrepentimiento, con el llanto, mezclándose con su voz temblorosa.

—Entonces aléjate de ella —dijo Eugenio, empujándolo suavemente, pero con firmeza—. Esa es la única forma de demostrar que realmente la amas.

Sin poder evitarlo, Alexis corrió tras el auto mientras Eugenio subía con Sienna y arrancaba.

Su grito resonó en la noche, cargado de dolor y súplica:

—¡Sienna!

***

Sienna miró por el retrovisor un instante y vio a Alexis ahí, de pie, solo, desolado, con el alma rota y los ojos llenos de lágrimas.

Durante tanto tiempo había deseado ser escuchada, deseado que alguien viera su dolor, pero ahora ver a Alexis suplicando la comprensión le arrancó un nudo del corazón.

Dolía, sí, dolía en lo más profundo.

Su padre, Eugenio, apretó su mano y susurró con ternura:

—¡Lo siento tanto, mi niña!

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