Más tarde, ese mismo día.
Orla hojeaba con manos temblorosas las revistas y periódicos que se amontonaban en el asiento del auto.
Cada portada, cada titular, cada publicación en redes sociales repetía la misma noticia como un eco ineludible que le taladraba la cabeza:
“El heredero de los García Ruiz contraerá matrimonio con la hija de su probable proveedor estrella, la heredera Orla Dalton. El hombre incasable, ahora se unirá en tan solo quince días a la señorita Dalton.”
Orla sintió que el aire se espesaba en sus pulmones.
Esa unión, que debía ser motivo de orgullo y celebración, le parecía una prisión dorada.
Bajó del auto con torpeza, sus rodillas casi no le respondían.
Su madre, Oriana, la sujetó con firmeza por el brazo y la condujo hacia la boutique donde debían elegir su vestido de novia y el atuendo para la fiesta de compromiso de esa noche.
—Aquí encontraremos lo que necesitas —dijo Oriana con una seguridad que a Orla le pareció cruel—. Tu vestido de novia, y algo especial para esta noche.
El corazón de Orla latía desbocado, como un animal acorralado buscando escape.
Sentía que iba a entrar en pánico, que no podría atravesar esa puerta.
Pero antes de que pudiera reaccionar, una voz suave interrumpió la escena.
—Hola… quiero ser parte de este momento tan bello para ti —era Tessa, con el rostro sonriente y la mirada suplicante.
Orla y Oriana se giraron con sorpresa.
Oriana frunció el ceño.
—Debes irte, Tessa —ordenó con dureza.
Pero en ese instante, una niña bajó del coche, con una boina azul marino que enmarcaba su rostro pálido, casi tan blanco como la nieve.
Era la pequeña Nelly.
—Por favor, abuelita —suplicó con voz débil—. Déjanos quedarnos aquí.
Oriana tragó saliva. Era imposible negarse ante esa criatura. Se agachó, mirándola con dolorosa ternura.
—¿Por qué estás tan pálida, pequeña? —preguntó con voz temblorosa. Sus ojos se clavaron en Tessa—. La has llevado a sus sesiones de quimioterapia, ¿verdad?
Tessa asintió con brusquedad, pero sus ojos brillaban de lágrimas contenidas.
—Claro que sí, Oriana, pero… el doctor… —su voz se quebró en un susurro apenas audible—. Está perdiendo la esperanza.
El pecho de Oriana se contrajo con rabia y angustia. Tomó a la niña en brazos y la apretó contra sí.
—No pienses así, mujer. Sé fuerte —le dijo a Tessa con dureza, mientras besaba la frente fría de Nelly—. Cariño, vas a estar bien, muy pronto.
La pequeña sonrió con fragilidad, y su voz inocente desgarró a todos los presentes:
—Sí, abu… yo sé que estaré bien, porque voy a ver la boda de mi mami con mi tío Alexis. Así él será mi papito. Ese es mi deseo… antes de ir con Diosito. Mami dice que pronto iré con Él.
Tessa bajó la mirada, incapaz de sostener las miradas que ahora se clavaban sobre ella.
Oriana sintió un odio abrasador hacia esa mujer.
La puerta del local se abrió de golpe y Melody, la otra niña, corrió hacia su abuela. Seguida por Sienna.
—¡Abuelita!
Pero antes de alcanzarla, Nelly la empujó con brusquedad.
—¡Es mía! ¡Yo me voy a morir, déjame tenerla solo a mí un ratito!
El silencio fue absoluto.
Todos los presentes se miraron con horror contenido.

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