La noche cayó sobre la ciudad como un telón oscuro cargado de presagios.
Sienna, con el corazón encogido, le contó todo a Félix. Su voz temblaba, pero no había espacio para dudas ni miedos: Tessa estaba tramando algo cruel, y Horacio era parte de ese juego perverso.
Félix escuchó en silencio, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de un fuego contenido.
Apenas Sienna terminó de hablar, él no vaciló.
—Enviaré a mis hombres. Quiero que vayan a prisión y busquen a ese tal Horacio. No me importa cómo lo hagan —dijo con voz grave, helada, sin un atisbo de compasión—. Si deben torturarlo, que lo hagan. Ese hombre hablará. Quiero saber por qué hizo lo que hizo. Y que lo graben… no dejaremos lugar a dudas.
Sienna lo miró con una mezcla de temor y admiración. Sabía que Félix era un hombre capaz de todo cuando se trataba de protegerla.
—Debemos demostrar que Tessa es una mujer cruel —susurró ella, como si al pronunciarlo lo volviera real—. Por cierto, invité a los padres de Tessa esta noche… Mi padre se reencontrará con Margarita. Tengo miedo de que lo tome mal.
Félix negó con un gesto firme.
—Es hora de que nuestro padre enfrente su pasado. Y, sobre todo, de que tu madre vea quién es su verdadero enemigo. Debe comprender todo lo que dejó ir y cómo te hirió. Nunca le perdonaré que te tratara mal… eras su hija, Sienna. ¡Su propia hija! Y te trató como si fueras de segunda, como si tu vida valiera menos que la de Tessa.
Las palabras golpearon directo en el corazón de Sienna. Bajó la mirada; esas heridas seguían abiertas, sangrando a pesar del tiempo.
Félix tomó sus manos con fuerza.
—No estás sola. No lo olvides nunca.
***
El salón de fiestas de la mansión García Ruiz brillaba con una opulencia que quitaba el aliento.
Candelabros de araña bañados en oro iluminaban cada rincón, y las mesas rebosaban de cristales y flores rojas como la sangre.
Todo destilaba poder y riqueza, como un escenario diseñado para ocultar las miserias humanas que se movían entre esas paredes.
Los invitados llegaban con sonrisas.
Alexis entró al salón llevando a Orla de la mano.
Ella parecía una muñeca de porcelana quebradiza, con una sonrisa congelada que apenas ocultaba su sufrimiento.
Detrás de ellos, Oriana avanzaba con la cabeza erguida, orgullosa, como si la felicidad de su hija estuviera garantizada.
Y, apenas unos pasos más atrás, Tessa los seguía como una sombra, como una cachorra desesperada por no perder de vista la presa.
Al fondo, los padres de Tessa esperaban, tensos. Orla apenas los saludó con un leve asentimiento.
La presión de todas las miradas era asfixiante.
Entonces, Sienna apareció del brazo de Félix.
Su presencia, luminosa y serena, hizo que el corazón de Alexis latiera con fuerza descontrolada.
Sus ojos se encontraron con los de ella, y durante un segundo, todo el ruido del salón desapareció.
Pero ese instante se quebró cuando Néstor Molina se acercó con el rostro deformado por el desprecio.
—¡¿Qué hace esta zorra aquí?! —escupió, con una furia que heló a los presentes.

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