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Suplicando tu perdón romance Capítulo 74

Alexis se vistió con prisa, su corazón latiendo tan fuerte que parecía que todo el mundo podía escucharlo.

Cada botón de su camisa parecía una eternidad, cada corbata que se ajustaba le recordaba lo lejos que había llegado su desesperación.

Corrió hacia la puerta, la adrenalina recorriéndole cada nervio, mientras el aire fresco de la mañana le golpeaba la cara al salir.

Sienna avanzaba con pasos seguros, pero había algo en su mirada que lo desarmaba: una mezcla de determinación y vulnerabilidad que hacía que Alexis se sintiera un simple niño frente a su mujer.

Dentro de ella, algo se removía, un fuego que no había sentido en mucho tiempo: revivía el amor que siempre había tenido por él, pero lo acompañaba un dolor profundo, punzante, como un latido que nunca sanaba.

“¿Cómo murió nuestra relación?”, se preguntaba mientras sus pasos resonaban en la calle vacía.

De pronto, una mano la sostuvo por detrás. Era firme, inconfundible.

Alexis. Sus ojos azules buscaban los de ella con una intensidad que cortaba el aire.

—Humíllame, maldíceme, ridiculízame ante el mundo entero, Sienna —dijo él con voz temblorosa, cargada de verdad—. Hazme lo que quieras… pero algo es claro: no me voy a divorciar.

Sienna lo empujó con fuerza, pero no con suficiente determinación para alejarlo.

—¡Cobarde! Un trato es un trato, pero veo que no eres un hombre —escupió las palabras, cada sílaba un cuchillo.

—No me importa —replicó él, desesperado, casi suplicante—. Si quieres, no soy un hombre; si quieres, soy un perro, un gusano… lo que sea. Pero no puedo dejarte ir, ¡porque te amo! Sí, me equivoqué, te lastimé, rompí tu corazón, y tal vez nunca pueda enmendar el dolor que causé… pero no me rendiré. Te amo, Sienna.

Sus palabras eran un torrente, una confesión que lo desnudaba más que cualquier ropa.

Ella lo apuntó con el dedo, furiosa, casi temblando de la mezcla de ira y miedo que lo dominaba.

—Te veo mañana en la oficialía. Firmaremos el divorcio por las buenas. La custodia será mía, y tú podrás ver a tu hija cuando quieras. Firmemos esto y tendrás tu papel como socio proveedor. Lo nuestro terminó —sentenció, firme como una roca, antes de subir al auto lujoso que la esperaba.

Alexis la vio alejarse, el motor rugiendo como si acompañara su desespero. Negó con la cabeza, los puños apretados.

—Nunca me divorciaré… ¡Nunca! —gritó al vacío, con la rabia mezclada con un amor que lo consumía.

**

Al día siguiente, Sienna despertó temprano.

La luz del sol se colaba por la ventana, dibujando líneas doradas sobre su rostro, pero ella no la sentía cálida, sino fría, como el deber que debía cumplir.

Se arregló con movimientos mecánicos, el corazón latiéndole de manera irregular, y salió de la casa sin mirar atrás.

Su padre y hermano le recordaron que debía llamar a un abogado, que no esperara demasiado, pero sus palabras caían en oídos sordos. A ella poco le importaba.

Llegó a la oficialía antes de las diez de la mañana.

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