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Suplicando tu perdón romance Capítulo 73

El auto se detuvo frente a un bar lujoso, uno de esos lugares donde solo entraba la élite, donde cada lámpara de cristal y cada botella detrás de la barra parecía costar una fortuna.

El aire olía, a exclusividad, a humo de habano mezclado con perfumes importados.

Alexis, nervioso, miró a Sienna, que descendió del coche como si fuera la reina del lugar.

Ella caminaba con una seguridad que él apenas podía reconocer.

Esa mujer ya no era la muchacha frágil que un día había amado y que había perdido por orgullo y errores.

Esa Sienna era una diosa inalcanzable, con los ojos brillantes de determinación y la espalda erguida como si nada en el mundo pudiera quebrarla. Y, sin embargo, Alexis sabía que bajo esa coraza ardía un volcán de resentimiento hacia él.

Entraron. Apenas cruzaron la puerta, fue evidente que los estaban esperando.

Los rostros giraron hacia ellos, las conversaciones se pausaron, y en esa atmósfera cargada, Sienna lo condujo directamente a una sala privada.

Ahí estaban los empresarios más poderosos del gremio, hombres y mujeres que movían hilos invisibles de la economía, acompañados de parejas exuberantes que lucían joyas que costaban más que una casa entera.

El murmullo del billar resonaba en una esquina, en otra una mesa de dominó golpeaba con fuerza, y en varias más se jugaban cartas con apuestas altísimas. El ambiente era eléctrico, cargado de ambición, codicia y vanidad.

Sienna se inclinó hacia Alexis, su voz como un susurro que cortó directo al corazón:

—Juguemos, señor Dalton. Si ganas, tendrás una oportunidad de reconquistarme... pero si pierdes, firmarás el divorcio mañana mismo.

Alexis la miró, incrédulo.

Por un instante, la esperanza se encendió en sus ojos. Pero también la conocía.

Sabía que Sienna no jugaba con palabras vacías. Ella sabía de póker, siempre fue buena en eso en la universidad, así como en el ajedrez no sería fácil de vencer, sobre todo que ahora lo veía como un enemigo a vencer.

Y sabía herir donde más dolía.

—Lo haré —respondió, con una voz grave, conteniendo el temblor de su alma.

Ella sonrió con frialdad.

—Jugaremos a tres rondas. Y el perdedor también deberá desnudarse, aquí, frente a todos, como símbolo de humillación.

El estómago de Alexis se contrajo.

La sala quedó en silencio, expectante. El morbo encendió los ojos de los presentes.

«Sienna… ¿Qué estás tramando?», pensó él.

«¿De verdad me odias tanto como para exponerme así? ¿O es solo una forma de castigo?»

Se sentaron uno frente al otro. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

Los espectadores rodearon la mesa, expectantes como si asistieran a un espectáculo teatral.

El crupier barajó las cartas, y el primer juego comenzó.

Sienna observaba con calma, confiada, con ese gesto de superioridad que lo estaba matando. Alexis respiraba hondo, intentando no dejarse dominar por la ansiedad. Entonces, cuando las cartas finales cayeron, él sonrió.

Tenía un póker de ases. Imbatible.

Sienna apretó la mandíbula.

Por primera vez, sus cejas se alzaron en un gesto de sorpresa genuina.

—¡Felicidades, señor Dalton! —exclamó, con voz cargada de veneno.

Se levantó lentamente, se desató un listón de su vestido, y se lo lanzó directo al rostro.

Alexis lo atrapó, lo llevó a su nariz, y aspiró su perfume.

Ese aroma lo embriagó, recordándole noches pasadas, risas, caricias… la mujer que amaba todavía estaba allí, bajo esa armadura de hielo.

Sonrió con nostalgia y un atisbo de esperanza.

La segunda ronda comenzó. Alexis temblaba.

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