Félix conducía el auto con las manos firmes sobre el volante, pero su mente estaba en un torbellino de emociones que apenas podía controlar.
A su lado, Orla permanecía en silencio, sus ojos fijos en el paisaje nocturno que pasaba velozmente.
La ciudad parecía dormir, indiferente a la tormenta interna que ambos compartían.
No pronunciaban palabra, aunque entre ellos flotaba un recuerdo abrasador: aquel beso, intenso, apasionado, que había estallado en el bar y que aún ardía en la memoria de Orla, como un fuego que se negaba a extinguirse.
El corazón de Orla latía con fuerza desbocada, un ritmo que sentía hasta en la punta de los dedos. Su respiración era entrecortada, no solo por la emoción, sino por la lucha interna que libraba consigo misma.
Había intentado convencerse de que aquel beso no significaba nada, de que no podía permitirse ser arrastrada por el deseo, pero su cuerpo le traicionaba, recordándole cada roce, cada calor compartido.
Al detenerse frente a su casa, un silencio pesado llenó el auto. Orla giró la cabeza, evitando mirar directamente a Félix, y con voz firme pidió:
—Puedes dejarme aquí, por favor.
Félix detuvo el vehículo, le abrió la puerta y observó cómo ella descendía con gracia, cada movimiento reflejando control y una distancia que él ansiaba borrar.
—Ese beso no fue nada, Orla —dijo él, intentando sonar despreocupado, aunque la tensión en su voz lo delataba—. Por favor, no te encapriches conmigo.
Orla le lanzó una mirada severa, cargada de reproche. Sus palabras cortaron como cuchillas, afectando su ego y encendiendo un fuego en su interior.
Sin embargo, no pudo evitar sonreír, una sonrisa llena de ironía y desafío.
—No eres tan buen besador como piensas, Félix —replicó, su voz firme y dulce al mismo tiempo—. Además, no me importas. Ya te lo dije: este matrimonio no tiene pies ni cabeza.
Intentó alejarse, pero Félix reaccionó con rapidez.
La detuvo con una mano firme sobre su brazo, acercándola a él.
—Tú tampoco me importas —murmuró, con un hilo de voz cargado de frustración—. Y ese beso… he tenido mejores, mil besos mejores. Solo te besé para…
—¿Para tu ex? —interrumpió Orla, su voz temblando ligeramente de rabia—. ¿La que te dejó porque no sirves para nada? Lo entiendo.
Félix la miró con furia contenida, su mirada oscura y penetrante.
De repente, la tomó con firmeza y la acercó contra el auto, obligándola a quedarse inmóvil.
Sin mediar más palabra, la besó de nuevo, con la misma intensidad y pasión que aquella primera vez, pero esta vez sus manos eran dominantes: una sobre su cuello, la otra explorando con destreza.
Su lengua húmeda y experta acariciaba la suya con fuerza, robando cada respiración y dejando a ambos atrapados en un torbellino de deseo.
Orla no pudo resistir y soltó un gemido, una mezcla de sorpresa, placer y rabia contenida. Félix sintió cómo la tenía completamente a su merced, y decidió detenerse un instante, contemplando el efecto que ejercía sobre ella.
Orla, sin aliento, estaba fuera de sí, su mente y cuerpo en guerra entre el deseo y la razón.
—¿Lo ves? —susurró él, una sonrisa ladina dibujándose en su rostro—. Sé que deseas mis besos, pero Orla… no lo olvides, no te amo, ni te amaré.
Orla rio, un sonido suave y desafiante, lleno de provocación.
—Te esforzaste en un buen beso, pero… aún te falta. Sigue ensayando, querido. Tal vez, solo tal vez, algún día no necesite un afrodisiaco para desearte.
Con un empujón sutil, pero firme, Orla golpeó el orgullo de Félix y lo dejó ahí, suspendido entre la frustración y el deseo, mientras se giraba para entrar en la mansión Dalton.

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