—Félix, diste tu palabra de una boda, actúa como un hombre —sentenció su padre, su voz firme y grave resonando en el despacho—. Y esa tal Fedora… ¿Por qué te dejó?
Félix apretó los puños sobre sus piernas, su mandíbula tensa.
—¡Lo dejó por egoísmo! —respondió con rabia contenida, la voz quebrándose en un hilo—. Por una carrera de modelo que le ofrecía lunas y estrellas, ¿verdad, hijo? ¿Y qué pasó? ¿No lo consiguió? Ahora, si vuelve por ti, es para quedarte con sus sobras, para aprovecharse de lo que tú eres, Félix. ¡Sé un hombre! —su padre golpeó ligeramente la mesa, exigiendo firmeza.
Félix bajó la mirada, un nudo formándose en su garganta.
Asintió lentamente, reconociendo que la lección tenía peso, aunque su corazón seguía dividido.
Sabía que el amor y la razón a veces no caminaban de la mano, y hoy debía elegir entre cumplir su deber o ceder a sus sentimientos.
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Finalmente, el día de la boda había llegado.
La luz del atardecer se filtraba por las ventanas de la habitación de Orla, iluminando cada rincón con un resplandor cálido y dorado.
Ella estaba frente al espejo, ajustando su vestido con cuidado, sus manos temblando levemente.
Cada detalle era perfecto: el maquillaje suave resaltaba sus ojos, el peinado elegante caía con gracia sobre sus hombros.
Sentía nervios, nunca imaginó casarse tan joven, nunca pensó en enamorarse, y ahora, ni siquiera podía definir amor a lo que sentía por Félix, pero, al recordar su beso, es anoche juntos, su maldito corazón se agitaba.
Cuando Alexis entró en la habitación, sus ojos se iluminaron al verla.
—Luces tan hermosa… papá estaría orgulloso —dijo, su voz suave y cálida, y al instante Orla sintió que las lágrimas amenazaban con caer.
Se abrazaron con fuerza, el contacto lleno de cariño y protección, de recuerdos compartidos y promesas silenciosas.
—¡Gracias, hermano! —susurró Orla, abrazándolo con todo el afecto que llevaba dentro.
—Te quiero, te cuidaré, hermanita. Siempre puedes volver a casa, recuerda eso —respondió Alexis, apretando su hombro con firmeza y ternura.
Orla asintió, intentando contener la emoción que la ahogaba, y juntas salieron para subir al auto que las llevaría a la iglesia.
***
Mientras tanto, Félix también se dirigía hacia el lugar, acompañado de su chofer.
Su corazón latía con fuerza, una sensación de duda y tensión que nada podía disipar.
Cada minuto que pasaba, cada semáforo en rojo y cada calle que atravesaban, incrementaba la presión en su pecho.
Estaba atrapado entre la obligación y la pasión, entre lo correcto y lo que deseaba con todo su ser.
De repente, el auto se detuvo abruptamente.
—¿Qué sucede? —preguntó, alarmado.
El chofer señaló al frente, y entonces lo vio. El corazón de Félix se detuvo por un instante.
Allí estaba ella: Fedora, de pie en mitad del camino, deteniéndolo con una determinación que casi le cortó la respiración.
Félix bajó del auto y caminó hacia ella, una mezcla de sorpresa, rabia y deseo cruzando por su mente.
—¡Fedora! ¿Qué haces aquí? —exclamó, incapaz de ocultar la confusión en su voz.
—¡No te cases con ella, por favor! —gritó Fedora, sus ojos brillando con lágrimas y súplica—. No te cases con una mujer a la que no amas.

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