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Suplicando tu perdón romance Capítulo 87

Las manos de Sienna temblaban como si fueran de papel bajo una tormenta.

Apenas podía sostener los sobres médicos que tenía entre los dedos.

El aire dentro del auto parecía volverse espeso, irrespirable, como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor. Su corazón golpeaba tan fuerte en su pecho que sentía que en cualquier momento iba a desgarrar sus costillas.

Era una locura. Una gran locura. Algo que desafiaba toda lógica. Una verdad tan cruel y retorcida que sus pensamientos no lograban procesarla.

Respiró hondo, intentando calmarse, pero sus manos seguían sudorosas.

Cerró los ojos un instante, reunió fuerzas, y abrió el segundo sobre. Apenas sus ojos recorrieron las primeras líneas, la sangre se le heló en las venas. La respiración se le atascó en la garganta.

Lo que leyó la paralizó aún más que el primer resultado.

—No puede ser… —susurró, con la voz quebrada.

Sus dedos temblaron tanto que casi dejó caer el papel. Una lágrima rodó por su mejilla, no de tristeza, sino de rabia, de impotencia.

Y entonces lo dijo en voz alta, como si necesitara gritarlo para convencerse de que aquello era real:

—¡Resulta que ese hombre, el que dijeron que era mi amante, era en realidad amante de Tessa! —sus ojos se llenaron de furia—. ¡Esto no fue solo una trampa, fue una telaraña tejida con maldad! Horacio… Horacio es el padre de Nelly, por eso la obedeció. ¡Qué ciegos hemos sido! ¡Qué tontos al caer en la red de esa maldita tarántula!

Apretó los sobres contra el asiento, como si quisiera desgarrarlos. Con un movimiento brusco, los arrojó a un lado, encendió el motor del auto y, sin pensarlo, pisó el acelerador.

El rugido del vehículo llenó la noche, igual que su propio grito ahogado.

Condujo a toda velocidad, con los faros cortando la oscuridad. Sacó su teléfono y, sin dudar, llamó a su hermano.

—Félix… —su voz era dura, sin temblor ahora—. Necesito verte.

Él, al otro lado de la línea, no dudó ni un segundo.

—Pero estás en tu luna de miel… —dijo él, aunque no como reproche, sino sorprendido.

—Sería mejor si algunos de tus hombres me ayudaran.

—Estaré ahí —respondió con firmeza, antes de colgar.

El silencio tras la llamada fue un alivio y, al mismo tiempo, una condena.

***

En ese mismo instante, en otra parte, en la casa de verano, Félix bajaba las escaleras. El aroma de especias y mantequilla se colaba desde la cocina.

Al entrar, encontró a Orla, concentrada frente a la estufa, cocinando con movimientos serenos.

—Debo ir a buscar a mi hermana… —dijo él, rompiendo la calma del lugar.

Orla alzó la mirada. Sus ojos eran fríos, distantes, como dos trozos de hielo.

—No tienes que avisarme —respondió con una voz que cortaba—. No eres un niño, haz lo que quieras.

Félix tragó saliva. Su corazón se apretó, pero no quiso mostrarse débil.

—Con esa actitud caprichosa no vas a conquistarme, Orla.

La mujer soltó una carcajada, seca, hiriente.

—¿Conquistarte? ¡Por favor, Félix! No me interesas. Eres insoportable.

Él arqueó una ceja, retándola con la mirada.

—Eso no dijiste ayer, cuando estuve dentro de ti.

El rostro de Orla se encendió como una hoguera. La rabia la dominó.

—Félix, no eres importante. Eres solo lo único que conozco. Pero hay hombres mejores, seguro los hay, y tarde o temprano los probaré… entonces te diré en la cara que son superiores a ti.

—¡Basta, Orla! —rugió él, con los ojos brillantes de furia—. Tienes la virtud de sacar lo peor de mí.

Ella siguió cocinando como si nada, sin mirarlo de nuevo.

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