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Suplicando tu perdón romance Capítulo 86

—¡¿Escuchas cómo me humilla, Félix?! —dijo Fedora

Félix, sin vacilar, tomó su mano con fuerza, apretándola como si con ese simple gesto declarara algo irrefutable.

—Ella es mi esposa. Vete ahora, Fedora.

Fedora rompió en sollozos, dio media vuelta con la dignidad hecha añicos.

—Te arrepentirás, Félix… —susurró entre lágrimas, pero con un dejo de furia—. Tú me perteneces, siempre me amarás a mí.

Su sombra se desvaneció al conducir su auto lejos de allí, pero el eco de sus palabras se quedó flotando como veneno.

El corazón de Félix latía con brutalidad, desbordado, y aun así, soltó la mano de Orla con brusquedad.

Ella lo miró fijamente, con una mezcla de rabia y desafío.

—Al menos… mientras yo esté aquí, no quiero ver a tus mujerzuelas. Respétame.

El rostro de Félix se endureció, los ojos ardiendo con un enojo oscuro.

Orla no esperó respuesta, dio la vuelta y se dirigió a su alcoba, la cabeza erguida, aunque por dentro su corazón temblaba.

Él quedó solo, con el alma demasiado pesada. Dolor, decepción y deseo se mezclaban, un caos insoportable. Se dejó caer en un sillón y empezó a beber sin control, cada trago más amargo que el anterior.

***

Mientras tanto, en la mansión García Ruiz, Sienna dormía con Melody abrazada contra su pecho.

La niña al fin se había calmado, pero el corazón de Sienna no.

Seguía latiendo con los recuerdos de Alexis, con sus insultos, sus humillaciones, sus heridas aún frescas, como si hubiesen ocurrido minutos atrás.

El timbre del teléfono la sacó de su tormento. Se levantó en silencio para no despertar a su hija y contestó desde el balcón.

—¿Hola?

—Sienna… —era la voz de Alexis, quebrada, distante—. ¿Cómo estás? ¿Y mi hija?

Ella respiró hondo.

—Melody está bien, Alexis.

Hubo un silencio largo, lleno de cosas no dichas.

—Sé que gané tu rabia —dijo él finalmente—. Pero solo pienso en ti. Si quieres el divorcio, podría dártelo… pero con condiciones.

Sienna frunció el ceño.

—¿Condiciones? ¿También me vas a condicionar la libertad?

—Por favor, Sienna… —su voz era suplicante.

—¿Qué quieres? —preguntó con cansancio.

—Terapia… y cinco citas juntos.

Ella no podía creer lo que escuchaba. Esperaba amenazas, chantajes, pero no aquello.

—Tres citas —negoció, fría.

—Sienna…

—Terapia, tres citas a solas y una con nuestra hija. ¿Está bien?

Él guardó silencio unos segundos que parecieron siglos.

—Bien. Pero después de eso, si aún quiero el divorcio… lo firmarás sin problemas. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Ella colgó de inmediato, con el pulso acelerado.

Alexis, en cambio, se quedó aferrado al teléfono, los ojos cerrados, una lágrima rodando por su rostro.

—Es mi última oportunidad de recuperarla… —susurró, derrotado.

****

Félix estaba algo ebrio.

Sus pasos pesados lo llevaron hasta la habitación de Orla.

Al entrar, la encontró sentada en el borde de la cama, con los ojos enrojecidos y el rostro aún húmedo de lágrimas.

Ella lo miró, y en esos ojos había más odio que ternura.

—¡Vete con ella! Mañana mismo pediré la anulación de esta porquería de matrimonio.

Se levantó con brusquedad para marcharse, pero la mano de Félix se cerró con fuerza en su nuca, obligándola a girar hacia él.

El movimiento fue repentino, casi agresivo.

De pronto estaban frente a frente, sus labios a un suspiro de distancia.

El aliento cálido de él, mezclado con el aroma a vino, la envolvió.

El pecho de Orla se agitó, su cuerpo tembló como si estuviera atrapado entre el rechazo y una atracción imposible.

Las pupilas dilatadas de Félix, oscuras y encendidas, tenían un brillo salvaje que la recorrió entera.

—¡No te irás! —gruñó él, con voz grave y peligrosa—. Decidiste meterte en esto, y aquí estamos. Nadie huye de este infierno, ni tú… ni yo.

—¡Suéltame! —gimió ella, forcejeando.

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