Alexis estaba sentado en las afueras de la ciudad, en un café discreto, de esos que parecen invisibles para los transeúntes.
Frente a él, el investigador privado revisaba una carpeta llena de documentos.
El silencio era espeso, como si cada hoja escondiera una verdad que podría destruirlo todo. El corazón de Alexis golpeaba en su pecho con fuerza, presintiendo que lo que estaba a punto de escuchar cambiaría su vida para siempre.
El hombre alzó la mirada, seria, firme, con esa expresión de alguien que lleva demasiado tiempo persiguiendo sombras.
—Sé que ya sabe lo que pasó… lo de la fiesta, lo del escándalo… —dijo con voz grave—. Pero hay cosas que quedaron en duda, piezas sueltas que no encajaban. Así que me puse a investigar más a fondo.
Alexis entrecerró los ojos, la duda lo atravesó como un cuchillo.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó, apenas conteniendo la impaciencia.
El investigador inspiró profundamente.
—He descubierto que Teresa Molina… no es la víctima que todos creen. Ella es la amante del señor Horacio, ese hombre que dañó a su esposa.
Las palabras cayeron como una bomba. Alexis sintió que el aire le abandonaba los pulmones, como si hubiera recibido un golpe en el estómago.
—¡¿Qué?! —exclamó, con un tono que mezclaba incredulidad y furia.
El investigador no vaciló, sacó su teléfono y abrió un video.
—No solo eso, mire esto.
La pantalla iluminó la mesa entre ambos.
Alexis observó, incrédulo, cómo aparecía Tessa junto a Horacio, los dos con complicidad.
En el video se les veía arrastrando a un hombre inconsciente: era el anterior investigador, aquel que Alexis había contratado y que de pronto había desaparecido sin dejar rastro.
El rostro de Alexis se contrajo en un gesto de horror. La sangre le hirvió en las venas.
—No… no puede ser… —susurró, sin poder apartar los ojos de la escena.
El investigador cerró el video.
—El hombre está desaparecido. Y todo apunta a que ellos tuvieron que ver con su desaparición. No es casualidad, señor Dalton, aquí hay algo mucho más oscuro.
¿Tessa? ¿Cómo había caído tan bajo?
Un sonido lo sacudió. El teléfono vibraba en su bolsillo.
Contestó sin pensar.
—¿Sí?
Del otro lado, la voz de Félix lo atravesó como un látigo, cargada de rabia.
—¡Alexis, perro infeliz! ¿Cómo pudiste permitir que Melody donara médula a Nelly? ¡Melody puede morir!
Alexis se quedó helado, el corazón se le detuvo por un segundo.
—¡¿Qué demonios dices?! ¡Yo no hice nada! —rugió, incapaz de entender qué estaba pasando.

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