—¡Nunca!
El grito de Alexis retumbó como un trueno en los pasillos del hospital.
Con un movimiento brusco, se soltó de los brazos que intentaban detenerlo y se abalanzó sobre Tessa.
Sus manos la sujetaron con fuerza, y por primera vez, ella, la mujer siempre calculadora, sonrió nerviosa, pero con miedo en los ojos.
—A-Alexis… —balbuceó, retrocediendo un paso—. ¿Qué haces aquí?
Pero él no respondió.
Su respiración era agitada, su mirada oscura, y en ese instante, lo único que importaba para Alexis era encontrar a su hija.
La furia lo devoraba, como un fuego imposible de apagar.
Se giró y corrió por el pasillo, empujando todo lo que encontraba a su paso.
Tessa, temblando, lo siguió, sus tacones resonando con un eco desesperado contra el suelo.
El corazón de Alexis golpeaba en su pecho, cada latido era un recordatorio del peligro en que estaba su niña.
Cuando llegó a las habitaciones, dos enfermeros intentaron detenerlo.
—¡No puede pasar! —gritó uno, extendiendo los brazos.
Alexis no lo dudó. Con un golpe directo derribó al primero, y con el codo tiró al segundo contra la pared. No tenía tiempo para obstáculos. Entonces, una vocecita, suave, pero llena de miedo, atravesó el aire.
—¡Papi!
El mundo se detuvo.
Alexis giró hacia el sonido, y con el corazón en la garganta, abrió de golpe la puerta de una de las habitaciones.
Allí, en medio de las luces blancas y el olor penetrante a desinfectante, la vio.
Su pequeña Melody estaba recostada en una camilla, con lágrimas en los ojos, mientras una enfermera intentaba colocarle una bata médica.
El tiempo pareció romperse. Alexis corrió hacia ella, la levantó entre sus brazos y la estrechó contra su pecho, colmándola de besos desesperados.
—¡Mi princesa, estoy aquí! ¡Nada te pasará, lo juro!
La enfermera se adelantó con frialdad, intentando imponer autoridad.
—¡Señor, retírese! La niña debe donar médula ósea, es urgente.
Antes de que pudiera decir algo más, Sienna irrumpió en la habitación con el rostro desencajado.
Sin pensarlo, levantó la mano y abofeteó a la mujer. El sonido seco resonó como un disparo.

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