Oriana se quedó con la pequeña Nelly, cuidándola con delicadeza, apenas asegurándose de que la niña estuviera completamente recuperada.
Su corazón estaba lleno de preocupación, pero también de alivio al ver que Nelly sonreía otra vez y jugaba sin dolor.
Mientras tanto, Sienna regresó con Alexis, que la condujo hasta la imponente casa de los García Ruiz. La tensión entre ellos era palpable, un hilo invisible que los mantenía unidos y a la vez los separaba.
—Por favor… ven esta noche a casa —rogó Alexis con voz apenas contenida, mientras sus ojos buscaban una chispa de comprensión en los de Sienna.
Sienna frunció el ceño, sintiendo cómo cada palabra de Alexis le atravesaba como un puñal invisible.
—¿Qué harás ahora, Alexis? —preguntó con firmeza, tratando de no temblar—. ¿Cómo planeas reparar lo que rompiste?
—Confía en mí —respondió él, intentando transmitir seguridad, aunque sus propios gestos mostraban duda y desesperación.
Ella negó con la cabeza, el peso de la desconfianza, pesándole en el pecho.
—Ese es el problema —murmuró, con voz cargada de amargura—. Ya no sé si puedo confiar en alguien que no creyó en mí cuando más lo necesitaba.
Sienna bajó del auto con la pequeña Melody dormida en sus brazos, el leve sonido de su respiración arrullando un poco la tensión. Alexis sintió el dolor como un golpe directo en su pecho; la rabia y la impotencia lo mezclaban en un torbellino que lo dejaba sin aliento.
«¡Voy a vengarte, Sienna!», pensó con una determinación fría y precisa, apretando los dientes. «Voy a demostrar tu inocencia y a limpiar tu nombre de una vez por todas».
Condujo su auto lentamente, dejando atrás la escena, mientras la noche lo envolvía en su oscuro manto. Cada kilómetro que lo separaba de Sienna parecía un recordatorio de la distancia que él mismo había creado.
***
Esa misma noche, Sienna se debatía entre quedarse en casa y enfrentar lo desconocido.
Su mente estaba llena de dudas y recuerdos dolorosos, y cada opción parecía cargada de riesgo.
Fue su padre quien terminó tomando la decisión por ella.
—Pero, padre… —intentó protestar, sintiendo un nudo en la garganta.
—Me llamó la propia Oriana —respondió con voz firme—. Dijo que ella no estaba presente, pero que era urgente que asistiéramos.
Sienna lanzó un suspiro resignado.
La insistencia de su padre y el peso de la responsabilidad la empujaron finalmente a aceptar. Su corazón latía con fuerza, anticipando la tormenta emocional que sabía que le esperaba.
Cuando finalmente llegaron a la mansión, la noche los envolvía con su silencioso misterio.
Al entrar, fueron recibidos por el bullicio del salón principal, lleno de invitados y viejos amigos que Sienna apenas reconocía.
La mirada de su madre y de Néstor la recorrió de pies a cabeza, fría y juzgadora, como si su mera presencia fuera una ofensa.
Orla y Félix se acercaron, compartiendo la confusión que ella sentía.
—¿Qué es todo esto, Orla? —preguntó Sienna, tratando de mantener la calma mientras la ansiedad la carcomía por dentro.
—No sé… —respondió Orla, con una mezcla de incredulidad y preocupación—. Mi hermano se volvió loco y me pidió que llamáramos incluso catering…
Félix bebía de su copa de vino, su mirada cargada de dudas y tensión, incapaz de comprender del todo lo que estaba ocurriendo.

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