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Suplicando tu perdón romance Capítulo 94

Sienna retrocedió con pasos inseguros, el corazón, latiéndole con fuerza, como si quisiera escapar de su pecho.

La tensión la envolvía por completo, y la sensación de que cualquier movimiento podría desencadenar un desastre la hizo salir a toda prisa, buscando aire, un refugio donde pudiera recomponerse y calmar la tormenta de emociones que la atravesaba.

Cada respiración le dolía, cada latido le recordaba los años de heridas acumuladas, traiciones y silencios que habían minado su confianza.

No podía perdonar, no aún.

Alexis bajó la mirada, un peso invisible aplastándole el pecho.

Sabía que no merecía el amor de Sienna; cada error, cada desatención, cada palabra mal dicha, cada acto que había dejado cicatrices, le gritaban desde dentro que había fallado.

Dolía. Dolía en lo más profundo de su ser. No podía culparla por dudar de él. Era comprensible. Y aun así, la impotencia y el remordimiento lo consumían, como un fuego que no podía apagar.

Con decisión, se levantó y salió tras ella, avanzando con pasos firmes pero llenos de desesperación. La encontró afuera, bajo la luz amarillenta de un farol, con el viento moviendo su cabello y sus ojos llenos de lágrimas contenidas.

Cada segundo que la miraba era un martirio. No solo la amaba; temía perderla para siempre.

—Sienna… —susurró, su voz temblorosa, cargada de miedo y arrepentimiento.

—Alexis, por favor… —dijo ella, levantando la mano para detenerlo—. Tenemos un trato, ¿lo recuerdas?

Sienna bajó la mirada, asintiendo con suavidad, tragando un nudo de emociones que le impedía hablar.

—Sí —continuó con firmeza, aunque su voz delataba la vulnerabilidad que sentía—. Pero recuerda: si después de esto sigo queriendo el divorcio, lo firmarás.

Él asintió, tragando saliva y conteniendo la desesperación.

Sabía que cualquier promesa podía romperse, que su futuro dependía de un hilo, de un gesto, de la voluntad de Sienna de perdonarlo.

En ese momento, Gustavo apareció, su expresión, una mezcla de furia, desesperación y protección. Empujó a Alexis con fuerza, separándolo de Sienna.

—¡Déjala! ¿No entiendes que tu perdón no importa? La dañaste, Sienna ya no te va a perdonar. Ahora ella sabe que estoy aquí —gritó, la rabia vibrando en su voz.

—¡Gustavo! —respondió Alexis, conteniendo la suya, con voz firme y dura—. Deja de actuar como mi reemplazo. Sienna nunca te amará.

El enfrentamiento escaló rápidamente.

Gustavo levantó el puño, impulsado por la ira, y Alexis no retrocedió, avanzando con determinación hacia él.

Sienna, aterrada, intervino tratando de separarlos, pero un mareo intenso la venció.

Sintió cómo sus piernas cedían y cayó al suelo, débil y vulnerable.

—¡Sienna! —gritó Alexis, desesperado, su voz quebrándose mientras se agachaba junto a ella

Con un movimiento ágil, la levantó en sus brazos, sintiendo el temblor de su cuerpo contra el suyo.

Cada respiración, cada suspiro, cada latido era un recordatorio de lo frágil y precioso que era para él.

Corrió hacia su auto, sorteando obstáculos, mientras Gustavo los seguía gritando detrás de él, furioso, y la noche parecía cerrarse aún más sobre ellos, cargada de tensión y peligro.

Cuando Félix se enteró, acudió inmediatamente al hospital junto a Orla y Eugenio, preocupados y temerosos. La ansiedad se mezclaba con el miedo a lo desconocido, cada minuto de espera se sentía eterno, cada segundo parecía estirarse hasta lo insoportable.

***

En el hospital, la atmósfera estaba cargada de tensión. Todos esperaban, ansiosos y nerviosos, conteniendo la respiración.

—¿Qué le pasó a mi hija? Alexis, ¿tuviste que ver? —exclamó Eugenio, su voz temblorosa y llena de preocupación.

—Juro que no le hice daño, nunca lo haría —respondió Alexis, con sinceridad y desesperación en su voz.

Félix se sentó junto a ellos, y Orla le alcanzó un vaso de agua, sus manos temblorosas del miedo y la tensión.

—Bebe, te calmará —dijo suavemente.

Él asintió, agradecido, y bebió lentamente, tratando de calmar el temblor de su cuerpo y la tensión que lo envolvía por completo.

Dentro de la habitación, Sienna abrió los ojos, parpadeando con dificultad ante la luz que le daba en la cara.

Miró a todos lados, buscando seguridad, protección, y finalmente sus ojos se posaron en el médico que se acercaba con una expresión profesional y cálida.

—¿Cómo se siente, señora? —preguntó, con voz tranquila pero firme.

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