—Natalia, revisa y cuadra todos estos borradores. Los necesito urgente para la junta directiva de las dos.
Natalia puso una mano sobre los documentos y los empujó exactamente hacia donde estaba él.
—Ya renuncié. Haz el papeleo con Recursos Humanos.
El Jefe Marino se quedó paralizado, alternando la mirada entre el rostro impasible de Natalia y la carta de renuncia que estaba sobre su escritorio.
Cerca de ellos, algunas compañeras soltaron unas risitas burlonas.
—Ay, Jefe Marino, no la ponga a hacer el trabajo sucio. Ella es la Señora Valente, a ver si no va a la oficina del jefe a quejarse de usted.
El hombre dejó escapar un bufido de desdén.
—Tienes razón. A la esposa del presidente no le toca quedarse hasta tarde quemándose las pestañas como a nosotros los simples mortales. ¿También irá a hacer los trámites de su renuncia al último piso?
El Jefe Marino tomó las carpetas y se dio la vuelta, murmurando en un tono sarcástico y lo suficientemente alto para que todos lo escucharan:
—¿Ya se enteraron? Anoche en la fiesta en la Villa Valente, nuestra queridísima Señora Valente se llevó una bofetada del mismísimo presidente.
—Y aquí se hace la digna, como si de verdad fuera la verdadera Señora Valente.
—Todos saben que La Princesa es la favorita y la dueña de sus quincenas.
—Una mujer que usó un favor del pasado para obligarlo a casarse y que viene aquí a robar cámara en marketing. Cree que la oficina es el patio de su casa.
Natalia ignoró los comentarios llenos de veneno. Tomó su sobre del escritorio y caminó hacia el ascensor.


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