Desde la muerte de Horacio, Elena había estado sumida en una profunda depresión.
Lucía, por su parte, tenía tantas cosas encima que apenas le alcanzaba el tiempo para respirar. Afortunadamente, contaban con el apoyo de su tío Zacarías, quien no se separó de su hermana, intentando animarla en todo momento.
Había pasado una semana y Elena empezaba a mostrar una leve mejoría. Lucía estaba en medio de una jornada laboral cuando recibió una llamada de su tío.
Sabía que Zacarías llevaba mucho tiempo en Puerto Coral. Ahora que la situación familiar se había estabilizado un poco, era momento de que regresara a su vida.
Zacarías ya estaba en el aeropuerto, pero antes de abordar, la preocupación por su sobrina lo obligó a llamarla.
—Lulú, no descuides a tu madre, pero tampoco te exijas demasiado a ti misma. Si pasa cualquier cosa... llámame de inmediato.
—Lo haré, tío, te lo prometo —respondió Lucía asintiendo varias veces.
—Antes de irme, necesito darte un consejo. Ten mucho cuidado con esa tal Jimena...
Lucía abrió los ojos, sorprendida.
Frente a ella, un cliente la esperaba para retomar la reunión. Bajó la voz. —Te escucho, tío.
El ruido de fondo en la llamada era fuerte; se escuchaban los anuncios del aeropuerto. Sin embargo, Lucía logró captar perfectamente los motivos y advertencias de Zacarías.
—Entendido, tío. Me quedó muy claro.
—Buen viaje.
Al colgar, Lucía le dedicó una sonrisa de disculpa al hombre sentado frente a ella. —Presidente López, como le decía, para liberar el pedido necesitamos un 50% de anticipo. ¿Estamos de acuerdo?
El Presidente López se quedó paralizado por un segundo. Su rostro se enrojeció de indignación y su voz denotó total incredulidad.
—Señorita Lucía, ¿es una broma de mal gusto?
—Hablo muy en serio, señor —respondió ella con firmeza.
—¡¿Un 50% de anticipo?! ¡Eso es un robo! Ni siquiera he visto la mercancía y ya quiere que le pague la mitad. Si así van a ser las cosas, ¿por qué mejor no me voy a hacer negocios con el Grupo Jiménez?
—Porque, si mi información no falla, el Grupo Jiménez también exige el 50% de anticipo.
—No quiero echarlos, solo estoy blindando a la empresa exigiendo el 50%...
—Papá acaba de fallecer y no quiero discutir contigo —la interrumpió Julio, obstinado—. Esos clientes son de absoluta confianza. El Consorcio García los respalda.
Julio era demasiado noble; nunca esperaba una traición, carecía por completo de sentido de supervivencia.
Lucía sintió un escalofrío. Un oscuro presentimiento la invadió: si las cosas seguían así, ¿qué diferencia habría con su vida anterior?
...
Al regresar a casa, Lucía fue a ver a Elena. Tras charlar un rato con su madre, salió al jardín y se dejó caer en un banco de piedra.
Leo, el hijo de la empleada de la casa, regresó de sus labores y se acercó a ella. Con voz quebrada y la mirada baja, empezó a disculparse.
Aquel fatídico día, la familia le había ordenado que acompañara a Horacio al hospital, pero por un imprevisto de última hora del presidente, Leo no lo había seguido. Ahora, con los ojos hinchados por el llanto, el arrepentimiento lo consumía.
—Perdóneme, señorita Lucía... soy un inútil. Si yo hubiera ido con el señor Horacio al hospital, él no habría...

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