Cuando Lucía llegó al hospital, su cuñada Cristina Quiroga ya estaba allí. Elena conversaba con ella y, al ver a Lucía entrar apresurada, le dijo:
—Lulú, acabo de decirle a Cristina que me gustaría internarme en un sanatorio por un tiempo.
Lucía negó rotundamente.
—De ninguna manera.
Era exactamente igual que en su vida pasada. Cuando la salud de su madre mejoró ligeramente, decidió mudarse a un sanatorio voluntariamente. Poco después, Margarita de Jiménez fue a visitarla para llenarle la cabeza de veneno y provocarle un colapso.
Lucía no iba a permitir que se repitiera la historia.
—Hija, esta casa está llena de recuerdos de tu padre, y todavía no puedo soportarlo. Dame un poco de tiempo, ¿sí? —Elena le tomó las manos con ternura—. Tu cuñada ya estuvo de acuerdo. Me encantaría que tú también me dejaras cambiar de ambiente un tiempo...
Elena aún no asimilaba la pérdida de su marido.
Su cabello había encanecido drásticamente de la noche a la mañana, lo cual partía el corazón de Lucía. Aunque le enfurecía ver que las cosas seguían el mismo curso de su vida anterior, no tuvo el valor de negarle esa petición a su madre.
—Está bien, pero pondré dos enfermeras fuertes y de confianza que no se separarán de ti ni un solo segundo.
Lucía añadió:
—Además, me tienes que prometer que no recibirás a Margarita de Jiménez, ni cruzarás una sola palabra con ella.
Elena sonrió y aceptó.
Cristina intervino con voz suave:
—Elena, iré a verte todos los días.
Elena le palmeó la mano a su nuera.
—Sabiendo que tú y Lulú están juntas apoyándose, me siento mucho más tranquila. No se preocupen por mí, regresaré pronto...
Esa misma tarde, Lucía contrató a dos enfermeras de complexión robusta y coordinó el traslado de su madre del hospital al sanatorio, asegurándole un entorno más pacífico.
En ese momento, recibió una llamada de Lucas Paredes pidiéndole que fuera a verlo de inmediato. Un mal presentimiento la invadió; él no la buscaría sin un motivo. Antes de que pudiera interrogarlo, él ya le había enviado la dirección.
Se trataba de la zona residencial más exclusiva y privada de Puerto Coral. Con solo ver la ubicación, supo que era la mansión de cientos de millones que Alejandro había comprado para su futuro matrimonio.


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