—A tu orden. —Alejandro sonrió mientras le acariciaba el rostro.
De repente, su mente lo transportó a esa escena de su vida pasada, cuando empujó aquella puerta.
En esa época, el rostro de Lucía estaba pálido y ceniciento. Cerraba lentamente sus ojos secos, y el inmenso odio en su mirada se iba apagando poco a poco, sin derramar una sola lágrima. Pero en esta vida, el simple piquete de una inyección la hacía llorar de impotencia. Quizás en su vida pasada lloró tanto y sufrió tanto, que su dolor y su vulnerabilidad ya se habían secado por completo.
Un dolor punzante le oprimió el corazón, amenazando con destruirlo. Se inclinó, tomó el rostro de Lucía entre sus manos, y la besó con una intensidad profunda e implacable.
Lucía tardó unos segundos en reaccionar antes de empujarlo, completamente agitada.
Se tocó los labios y le reclamó molesta: —¿Qué mosca te picó?
Alejandro rodeó sus hombros con los brazos, se acercó a su oído y le susurró algo.
Tras más de un mes de reposo absoluto en cama, Lucía repentinamente entró en trabajo de parto.
En la madrugada, cuando recién salía del quirófano, débil y exhausta, solo pudo ver a los médicos alejarse corriendo con su pequeño bebé dentro de una incubadora portátil hermética, directo hacia los pasillos de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales.
En sus oídos aún resonaba la voz tranquilizadora del médico: —Los signos vitales del bebé son muy buenos. Señor y Señora Zavala, pueden estar tranquilos.
La tensión que había acumulado por tanto tiempo desapareció de golpe. Eso, sumado al cansancio extremo del parto, hizo que sus párpados pesaran como plomo. Al poco tiempo, se recostó en la almohada y cayó en un sueño profundo.
Cuando volvió a abrir los ojos, el sol ya iluminaba todo a través de la ventana; era la mañana siguiente. A los lados de su cama, velando su sueño, estaban Alejandro y Doña Elena.
Apenas recuperó un poco de lucidez, sus primeras palabras salieron atropelladas y roncas por la urgencia: —¿Dónde está mi bebé? ¿Cómo está Béisbol?
Alejandro se inclinó de inmediato y le acarició suavemente el dorso de la mano: —El bebé está perfectamente. En la UCIN hay personal médico cuidándolo en turnos las 24 horas del día. Además, dejé a mi gente vigilando afuera. Tranquilízate y concéntrate en recuperarte.
Doña Elena también asintió con una cálida sonrisa y la consoló dulcemente, diciéndole que no se preocupara por el pequeño; en ese momento, lo más importante era que ella recuperara su propia salud.

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