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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 227

A pesar de que el corazón le latía desbocado, cuando llegó el momento de la verdad, una calma gélida se apoderó de Lucía.

Tenía que salir viva de esto. Víctor Jiménez ya había mordido el anzuelo y estaba usando los materiales defectuosos del Consorcio García para sus proyectos. Tenía que volver para exponer la avaricia de esa familia y destruirlos frente a toda la ciudad.

Tenía que borrar a los Jiménez de Puerto Coral para siempre.

Y, sobre todo, su madre la estaba esperando en casa.

No podía morir hoy.

Sin perder ni una fracción de segundo, Lucía hundió el pie en el acelerador. El motor rugió mientras rebasaba por el lateral, maniobrando brutalmente para que la cajuela de su propio coche se alineara milimétricamente con el parachoques delantero del vehículo oficial.

El estruendo de los metales chocando hizo eco en todo el viaducto.

En el primer impacto, no se atrevió a frenar de golpe por miedo a que el sedán del gobierno usara su coche como rampa y saliera volando hacia el río. Soltó el freno un poco, dejando que la inercia los empujara hacia adelante.

En el segundo impacto, su coche absorbió la monstruosa fuerza del choque. El parachoques trasero se desintegró, la cajuela se hundió como si fuera de papel y todo el chasís vibró violentamente.

El volante le rebotó en las manos con tanta fuerza que se le durmieron los brazos. Su cabeza golpeó contra el parabrisas y sintió un tirón en el cuello que casi le fractura las vértebras.

Fue hasta el tercer y último impacto que logró frenar a la bestia de metal. Usando su propio vehículo como escudo y aplicando los frenos a intervalos calculados, consiguió detener al sedán justo al borde de la valla, dejándolo atrapado entre el metal destrozado de su auto y el abismo.

Cuando ambos vehículos finalmente se quedaron quietos, Lucía soltó el volante, apagó el motor con manos temblorosas y se desabrochó el cinturón de seguridad.

A través del retrovisor destrozado, vio quién salía del coche de atrás.

El Ministro de Defensa Nacional. Un general de alto rango. Un hombre que manejaba los secretos y la seguridad de todo el país.

En ese instante, supo que había ganado la apuesta.

Con la vida de este hombre en deuda con ella, el futuro de la familia García estaba blindado.

Lucía se quitó las gafas de sol, empujó la puerta abollada de su auto, que ya comenzaba a escupir humo gris, y bajó con la frente en alto.

El General Héctor Valenzuela se irguió frente a ella. A pesar de haber estado a segundos de una muerte segura, su postura seguía siendo tan recta y firme como la de un roble.

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