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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 352

La noche era profunda y en la habitación solo se escuchaba el rítmico pitido de las máquinas. Alejandro Zavala estaba sentado en la cama de acompañante. La tensión que lo había mantenido alerta durante días aflojó un poco, dejándolo caer en un sueño profundo.

En su sueño, todo era desolador y gélido. Un viento helado le golpeaba el rostro y una lápida fría y solemne se erigía imponente ante él. Las letras grabadas eran claras y punzantes: «Tumba de mi amada esposa Lucía García».

Alejandro despertó de golpe, con el pecho agitándose violentamente.

Se abalanzó hacia la cama de Lucía y acercó la mano para comprobar su respiración. Solo al sentir el aliento cálido y constante, sus nervios comenzaron a relajarse.

Sin embargo, el corazón le seguía latiendo desbocado.

Al día siguiente, sobre la mesa frente al sofá de la habitación, los contratos y reportes de Alejandro formaban una pequeña montaña. Su mirada estaba fija en los documentos; los rasgos de su perfil se veían tan duros que carecían de cualquier calidez.

Lucía le dijo fríamente:

—En realidad, si estás tan ocupado, no tienes que venir.

—Hoy toca bañarte, no podía faltar.

Al escuchar eso, Lucía abrió los ojos de par en par, atónita:

—¿Tú me vas a bañar?

—Sí.

—Hay enfermeras para eso —replicó ella.

—Hay ciertas partes que requieren mucho cuidado para abrirse y limpiarse bien, ¿de verdad estás dispuesta a dejar que un extraño te toque?

—¡Ahhhhh! —Lucía soltó un grito sordo y desesperado—. Alejandro Zavala, ¿quieres volverme loca? ¿Acaso te hace feliz arrastrarme a la locura?

El hostigamiento diario, lento e inclemente como un cuchillo sin filo, estaba consumiendo su cordura milímetro a milímetro. Era una tortura psicológica. Lucía sentía que iba a perder la razón...

La mirada del hombre se volvió aún más oscura.

—¿De qué te avergüenzas? No hay ni un solo centímetro de tu cuerpo que yo no haya visto.

—Que venga mi mamá.

—Llama a mi mamá de inmediato.

Lucía extendió la mano para alcanzar el celular que estaba junto a la almohada, pero antes de que pudiera agarrarlo, Alejandro se lo arrebató de un manotazo.

—Todavía no... Esperaremos a que puedas levantarte. Si tu madre te ve postrada en una cama de hospital ahora mismo, pensará que fue mi culpa... Y será aún más difícil que nos deje estar juntos en el futuro.

Agotada física y emocionalmente, Lucía le hizo una seña con la mano:

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