Tras varios días ingresada en el hospital, Lucía finalmente recuperó las fuerzas suficientes para caminar por su cuenta y recibió el alta médica para volver a casa.
Al regresar a su hogar, encontró todo reluciente e impecable. Cristina le comentó que acababan de poner sábanas limpias en su habitación. Lucía le agradeció, conversaron un rato y luego se metió al baño a darse una ducha.
Esta vez se tardó un poco más de lo normal.
Cuando salió, arreglada y fresca, Elena se acercó a ella. Con suma delicadeza y paciencia, comenzó a cepillarle el cabello y a secarle los largos mechones todavía húmedos con la secadora.
—Quédate en casa a descansar durante este tiempo, no vayas a ningún lado.
—Sí, mamá —respondió Lucía con dulzura.
A decir verdad, tampoco le entusiasmaba la idea de volver al Consorcio García tan pronto.
Esa noche durmió como un bebé.
El tiempo que había pasado forzada a convivir con Alejandro Zavala había sido el periodo más agotador y tortuoso de toda su vida, pero finalmente había logrado zafarse.
Tras unos días en casa, descansando y alimentándose con sus tres comidas diarias más los tónicos que le preparaban, su cuerpo había recuperado bastante vitalidad.
Alejandro le marcaba, pero en cuanto Lucía veía su número, dejaba sonar el teléfono.
Tampoco respondía los mensajes que le mandaba.
Así pasaron unos días más, hasta que llegó un mensaje de texto de Alejandro:
«¿Planeas ignorarme para siempre?»
«Si no me respondes, te voy a mandar un regalito.»
El estómago de Lucía se contrajo de golpe. Tenía un mal presentimiento; sabía perfectamente que viniendo de él, no sería nada bueno. Sin dudarlo, borró el mensaje de inmediato y le pidió a Leo que fuera con su identificación a comprarle una tarjeta SIM nueva, decidida a cortar de raíz cualquier intento de hostigamiento.
Leo era eficiente y le entregó el chip nuevo en cuestión de horas.
Lucía tomó el celular y justo cuando iba a hacer el cambio, saltaron en la pantalla unas fotografías sumamente explícitas. Era imposible ignorarlas: en ellas se veía a Julio en una cama, en actitud muy íntima con Maribel Quintana.
Sus pupilas se dilataron del terror. Un tsunami de pánico la golpeó directo en el pecho y se quedó paralizada.

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