Con ese vestido de volantes se veía incluso más dulce y tierna que en su sueño. Alejandro Zavala la rodeó por completo entre sus brazos.
Su cálida palma se posó suavemente sobre el vientre plano de ella:
—Aquí solo puede crecer un hijo mío, ¿entendido?
Lucía García se quedó atónita, y enseguida, con los ojos llorosos, le replicó:
—¡No quiero embarazarme!
Él suavizó un poco su tono:
—Esperaremos a que crezcas un poco más.
Él sabía que aún era muy joven y él mismo tampoco estaba listo para ser padre. Añadió:
—En unos años, me darás un hijo.
El corazón de Lucía se heló por completo.
¿En unos años? Incluso si buscara a cualquier hombre en la calle, preferiría tener un hijo de un desconocido antes que de él. En su vida pasada, ella le había entregado el alma y el corazón, dándole su amor incondicional una y otra vez, y él solo la traicionó, sin valorar absolutamente nada.
En ese momento, el personal de servicio trajo el desayuno a la sala contigua.
Alejandro hizo que Lucía se sentara a desayunar, pero el ambiente estaba pesado, y él no sabía cuál de sus palabras había desatado ese enojo en ella.
Lucía tenía el rostro frío y emanaba una indiferencia absoluta.
—Ya me voy.
Alejandro miró el plato de comida que ella apenas había tocado y, tras guardar silencio por un momento, intentó convencerla en voz baja:
—Come un poco más.
Ella bajó la mirada, evadiendo sus ojos. En su mirada no había la más mínima chispa de emoción; ya no tenía energía ni para fingir con él.
—Tengo que ir a trabajar.
Alejandro no se movió, solo se quedó mirándola fijamente. Después de un largo rato, esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Si prefieres, podemos quedarnos aquí todo el día.
Lucía hizo una pausa. Al final, tomó de nuevo los cubiertos y, como una máquina, se llevó un par de bocados a la boca. No lograba saborear nada de lo que comía. Dejó los cubiertos y alzó la mirada hacia él:
—¿Ya puedo irme?
—¿No te das cuenta de que lo primero que dijo tu tío es que me mataría en cuanto saliera? ¿Y aún así quieres que lo ayude?
Mauricio Zarate siempre creyó que, por culpa de ella metiéndose donde no la llamaban, había terminado preso tres años.
Sonia insistió:
—Te aseguro que lo convenceré de que no se te acerque. En cuanto salga, mi abuelo no dejará que se quede en Puerto Coral causando más problemas; lo enviará al extranjero.
—Lucía, fuimos compañeras, te lo suplico. Ayuda a mi familia esta vez.
Sonia ya había buscado a Alejandro muchas veces, e incluso llegó a decirle la clásica frase de telenovela: «Si aceptas mi petición, haré lo que quieras». Pero Alejandro ni la había volteado a ver.
De hecho, su propio asistente la había mirado como si fuera una idiota y se había marchado.
—Acabamos de pelear, no creo que sirva de nada —le dijo Lucía.
—¿Ya se están peleando desde tan temprano? Lucía, eres increíble y despiadada... No puedo creer que estén viviendo juntos, ganaste.
—Pero te suplico que llames a Alejandro ahora mismo y le pidas que suelte a Mauricio.
Lucía negó con la cabeza y encendió su computadora.

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